Si me necesitas, llámame

Las herramientas que facilitan la vida diaria tienen un revés que las caracteriza: pueden también arruinar la existencia. Ya se sabe, una parte es la funcionalidad y otro el uso que se le dé. Por tal particularidad, es posible que con una pluma lo mismo se pueda firmar un cheque que escribir una carta llena de odio. Un simple cuchillo con el que se rebana la carne puede ser tomado como un arma por algún asaltante, y un fenómeno parecido ocurre en otros espacios. El teléfono es uno de ellos.

Un aparato ambivalente. Así como ofrece grandes ventajas, a la vez puede volverse una molestia que ataca cuando más duele. Sus bondades se conocen bien.  Una de ellas es que permite establecer contacto con personas lejanas. Posibilita el tener una plática con la abuelita que vive en otro país o hacer enojar a los padres cuando en el recibo aparezcan todas esas llamadas hechas a la novia durante las madrugadas. El dispositivo en cuestión sirve como puente para los reclusos. Cuando no quieres salir, es la opción para pedir comida de alguna pizzería cercana. Y es un ancla de seguridad cuando ocurre una emergencia. Basta presionar tres botones para avisar a la policía que alguien intenta robar la poca paciencia que te queda.

De los inconvenientes relacionados con el teléfono también se ha hablado mucho ya. Pero conviene recordarlos para mantener el aura negativa que este espacio se ha forjado a base de amargura en polvo.  En lo que a mí respecta, el teléfono es un aparato al que prefiero evitar. Rara vez hago llamadas y cuando lo hago casi nunca superan el minuto de duración. Mi récord personal está en una conversación que duró dos segundos.

Hay quienes todavía tienen arraigada la costumbre de pasarse horas con el auricular en la oreja hasta que se les empieza a hinchar. Todo para hablar de frivolidades que bien se podría dejar de lado. Si las personas involucradas viven en la misma ciudad es preferible que se reúnan a tomar un café o una copa y entonces sí, platiquen a gusto durante semanas. Confieso que antes veía cierta mística en el asunto de prescindir del aspecto visual. Cierto es que otorga ciertas libertades y que transmite una intimidad en compañía. Pero ya no, la verdad es que no. Cualquier asunto importante merece otro tratamiento. Ya cuando el intercambio le da la vuelta al segundero conviene pararse a pensar si el espectáculo es necesario.

Tengo la esperanza de que el futuro depare brevedad a tal medio. La cotidianidad será tan demandante que las palabras se reducirán a lo mínimo. No habrá tiempo que perder. Uno tendrá que pensar cada letra con el mayor cuidado posible, para que así con una frase al otro le quede claro qué hora es, cómo estamos, qué fue lo que comimos, nuestra actualidad laboral,  el nombre del gato y una idea general de nuestras aspiraciones en lo que respecta a la próxima década. Un combo verbal.

La aversión hacia el mundillo de la telefonía, no obstante, supera los aspectos de carácter sustancial, Hay un montón de razones por las que poco a poco fui tomándole animadversión. Ya desde mis primeros años tuve que soportar algunas bromas telefónicas que me hicieron lamentar que algunos sujetos tuvieran el privilegio de hablar. La impotencia era grande cuando te dabas cuenta de que no podías soltarle una bofetada al imbécil que estaba del otro lado: quedaba muy lejos, era un anónimo.

Quién sabe de dónde provenían esas almas sin ocupación que se desquitaban con el prójimo. Sospecho que de las cloacas. Por fortuna los bromistas telefónicos disminuyeron con los años. No es que la estupidez se haya erradicado, sino que se ha dirigido a otros derroteros en los que puede obtener una mayor resonancia. Tal es el caso de los videos que se suben a internet, en donde la exhibición impúdica deja de dirigirse a una sola persona para pasar a un público que puede, en algunos casos, llegar a los millones. Por eso resultan conmovedores los tipos que, todavía hoy, apelan a la vieja costumbre de exhibir sus miserias en una llamada. Son seres que se quedaron atrapados en el tiempo y que no supieron adaptarse a la transición. Si un día topas con uno de ellos, hazles saber que valoras su respeto por las tradiciones y que, si es necesario, puedes donarles una colchoneta con la cual inicien una nueva etapa bajo algún puente cercano.

Paralelo a esos lamentables espectáculos, están quienes hacen del fastidio un ocupación profesional. Hablo de quienes se dedican a las ventas telefónicas o a los seres abominables que promueven servicios bancarios sin considerar las normas fundamentales de civilidad. Con ellos el no estoy interesado, gracias se queda corto. Son individuos con fetiches extraños para quienes la negativa supone un aumento de la excitación. De modo que insisten. Te dicen que los escuches, que les des un minuto que te cambiará de opinión. Debes hacerles caso: aunque no lo parezca, a ti te urge asegurar el jardín de tu casa. Las lluvias han empeorado y los tréboles se podrían arruinar. Además, nadie en su sano juicio despreciaría la oferta del verano: con la apertura de una nueva cuenta se te hará acreedor a una playera con el logo de la institución bancaria que te asfixiará apenas tenga oportunidad. Tú te lo pierdes si te atreves a colgar.

El rasgo que define la perversidad de los teléfonos está en su capacidad de sonar cuando menos quieres escucharlos. Esto es, mientras intentas tener una plácida siesta. Pero ya sabemos cómo es. Uno ya no puede dormir en paz en estos tiempos. Siempre hay algún obstáculo que lo impide. Las interrupciones están a la orden del día. Si no es el timbre de la casa, el ladrido del perro o una alarma que se olvidó desactivar, entonces ataca el trastornado reloj biológico para el cual las cuatro de la mañana es el momento idóneo para que los párpados se abran.

Sin embargo, según he experimentado en horas bajas, ser levantado por el teléfono implica un fastidio superior al de casi toda la competencia. Hay un elemento de terror en esos pitidos que emite el aparatejo. En especial porque implican una responsabilidad. Uno bien podría desconectar la línea para no ser molestado. Pero entonces llegan las paranoias, los remordimientos. A lo mejor el que llama necesita ayuda. Quizás se trate de un tema importante. La oportunidad por la que he esperado durante años. Nunca se sabe. Mejor dejarlo todo como está y atender en cuanto se pueda.

Y claro, siempre te enteras que no. La llamada que te despertó a las siete de la mañana de un domingo era de un número equivocado. O era la compañía de gas que pregunta si necesitas sus servicios. O, esas veces que de plano duelen en el alma, cuando haces un esfuerzo titánico por llegar al teléfono (has luchado por abandonar la cama, esquivar los objetos que están tirados en el suelo —igual te das un golpe en el meñique del pie— y corrido por las escaleras) para al final llegar y descubrir que, quien haya sido, ya te ha colgado. Es entonces cuando lo comprendes, que de eso se trata: darle tus nervios a un tono que permanece inmutable.

E intentar dormir de nuevo. Para fallar, como otras tantas veces.

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