Ver partidos en streaming

El futbol es un deporte democrático. Eso pensaba cuando era un niño. Para jugarlo no necesitabas ser fuerte, veloz, alto o adinerado. Bastaba con la disposición. Era un espacio de encuentro que podía practicarse con los recursos mínimos. Ni siquiera hacía falta un balón. Se podía improvisar con un bote de plástico relleno de basura. Y a patear. Fuera con amigos o en solitario contra la pared.

Esa visión romántica e inocente no ha desaparecido del todo. Todavía está conmigo en algún rincón del pecho. Revive cada que veo a un niño gordito tras una pelota o cuando descubro que varios de los mejores jugadores de la historia parecen personas comunes y corrientes. Sin músculos. Pasados de peso o bajos en masa corporal. Gente como uno, que no miden dos metros y que son incapaces de aplastar una sandía con las manos.

No obstante, hay días en las que el futbol me decepciona. No como deporte (que también), pero sí como institución. Me asqueo cuando se prioriza lo comercial sobre lo deportivo o cuando veo a futbolistas más preocupados por aparecer en revistas de moda que en un entrenamiento adicional.

Aclaro que no soy alguien que esté en contra del dinero o de los intereses personales. Me parece respetable que cada quien encamine sus miras a donde mejor le convenga. Tengo claro también que de lo comercial parte mucho de lo que hace del deporte una experiencia de alcance global que avanza a pasos agigantados. Es solo que a veces la balanza se descompensa a niveles descabellados.

Está, por ejemplo, un hecho que a mí me ha dado dolores de cabeza desde hace años. Me refiero a los partidos que son transmitidos en exclusiva por alguna cadena de televisión. Entiendo que hay mucho trabajo de por medio y que tampoco es algo tan siniestro como para escandalizarse. Hay acuerdos y movimientos estratégicos para mantener la maquinaria en funcionamiento. Hablo simplemente desde la visión romántica e ingenua con la cual suelo abordar el deporte.

Me duele no poder partidos desde mi televisión. En especial aquellos importantes que pueden definir una vida. Si volteo hacia atrás, sería una persona muy distinta a la que soy si me hubiera perdido algunos eventos deportivos que, por fortuna, fueron accesibles para mí en su momento.

Por fortuna, en años recientes está la posibilidad de recurrir a la computadora para poder ver juegos en streaming. Hay páginas que incluyen un menú amplio de opciones que ofrecen consuelo al fanático que vive en el desamparo.

Sin embargo, recurrir a este tipo de alternativas tiene muchas desventajas. No todo lo que hay en internet es maravilloso, aunque en este caso se cumpla el viejo adagio de “peor es nada”.

Lo primero que llama la atención de las aventuras en streaming es la falta de sincronía con el evento original. Las páginas te indican que se trata de una transmisión “en vivo”, pero lo cierto es que la mayoría de las veces llevan un retraso respecto a lo que podrías encontrar en televisión. De ello te enteras por redes sociales, cuando ves a la gente celebrar un gol que para ti todavía no llega. O cuando escuchas los gritos del vecino cuando tú apenas observas un saque de banda. La variación puede ir de uno o hasta veinte segundos, con casos extremos en donde la diferencia llega a ser hasta de un minuto.

También está el incoveniente de la calidad en la imagen. Hay algunos streamings que van en alta calidad, pero tienen la pega de que se ralentizan  en el momento menos oportuno. Casi siempre cuando está por culminar una jugada emocionante. Es así como te puedes perder los tres goles de un partido porque la imagen se congeló en cada punto preciso para arruinarte la existencia. Pareciera que los hilos de la tecnología son manejados por un ser despiadado que tiene la intención de privarte de la gloria. Es así como saltas de ver un centro al área chica, a tener la celebración de un gol que no viste. Te faltó el punto intermedio. Lo que habías esperado durante toda la semana.

Por eso lo más recomendable es ir a lo modesto. Opciones con una baja tasa de bits para tener una mayor fluidez. Y a veces lo obtienes, sí. Con el añadido de que todo se ve tan pixeleado que te cuesta distinguir a un jugador de otro, o hasta reconocer cuál de ellos es el árbitro.

Encima está la cuestión de los narradores. Cuando quieres ver un partido de, digamos, pretemporada de la Liga Inglesa, tienes que olvidarte de los comentaristas estelares. Nada de Víctor Hugo Morales ni  artistas de la palabra. A menudo ni siquiera hay transmisiones en español, gracias a lo cual descubres que los narradores de Estados Unidos y Turquía pueden llegar a ser más aburridos que los que tenemos en Latinoamérica. Entonces valoras los excesos de la escena local, que si bien llegan a provocar aturdimiento, al menos ofrecen cierta carga de emoción.

Ver partidos en la computadora es triste, sí. Un monitor de 15 pulgadas no ofrece las bondades que una pantalla plana del tamaño de una pared. Ahí en donde los ricos miran el deporte para luego lanzarse a la piscina. El sonido de las pequeñas bocinas de una laptop jamás envolverá igual que la presencia en un estadio o bajo la guía de un teatro en casa.

Todo eso es verdad. Pero también hay algo bello en recurrir a la computadora para ver futbol. Permítanme volver al romanticismo inicial. Pocas manifestaciones tan puras de amor por el deporte como ver partidos por streaming. Ir al estadio gana, por supuesto. Sin embargo, levantarte a las seis de la mañana para ver un partido a solas desde tu pequeña computadora, lo reduce todo a lo más esencial. Se trata de un ritual íntimo que lucha contra las adversidades. Las restricciones de los conglomerados televisivos no pueden contigo. Tampoco los horarios ni la soledad. El amor por tu equipo es mucho más grande. Y ahí vas, desvelado a ver ese partido que a ninguno de tus amigos le importa. Con un vaso de agua. Porque reunirse para tomar cerveza y comer botanas para ver una final lo hace cualquiera. Incluso los que no sienten los colores de verdad. Eso es lo fácil. La apariencia, la postura. Ir al restaurante. Lo tuyo va más allá. Eres casi un reportero de guerra, que desde una pequeña pantalla acompaña a los suyos y lleva un registro de los sucesos. Un fenómeno que, aunque no parezca, te hermana con un niño en Brasil que hace lo mismo. Y con una muchacha en Indonesia. Y un señor más que vive en un poblado de Escocia. Almas afines que nunca se conocerán. Pero que de algún modo están unidas.

Esa es la magia del futbol.

liverpool fc 1977

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