Las personas normales

Me gustan las personas normales.

Me gustan sus conversaciones llenas de tópicos, sus peinados discretos y el cuidado con el que planean su futuro. El discurso simple. Estudiar, trabajar, ahorrar. Divertirse los fines de semana. Y luego regresar a la rutina.

Respeto que echen de lado las fantasías. Para ellos una cena es suficiente. La comida, la bebida y las pláticas: en conjunto forman una sólido placer.  Reforzar con un libro en el buró. Con las caminatas de banqueta hasta que caiga la noche. Y escuchar los grandes éxitos de las bandas clásicas.

Sí, son los que escuchan de todo. A los que por mucho tiempo desprecié y que ahora tengo por divinidades. Es de admirar que no se enganchen con ningún conjunto musical y que por el contrario apenas puedan mencionar uno o dos títulos de canciones que se cruzaron por la radio. Andar de obsesivo con rarezas, conciertos y datos biográficos llega a lo ridículo. Los que se abstienen consiguen estar en equilibrio. No hay por qué entrar en fanatismos cuando se trata de sujetos que llevan una guitarra sobre las piernas.

Los normales son personas que van de frente. Tienen la casa limpia y te invitan a desayunar con lo que aprendieron en las clases de cocina. Usan ingredientes de primera calidad. Advierten que no hay que echar demasiada sal a los alimentos porque es malo para salud. Saben de las bondades del tomate y de la berenjena. Usan poco aceite —de ajonjolí o de oliva— y no permiten que les ayudes a recoger la mesa. Odian el picante.

Las normales van sin aspavientos. Evitan caer en las emociones fuertes. Se dedican a la jardinería en vez de recurrir a los deportes extremos. No lo necesitan. Te ahorras los videos de sus vacaciones en las islas de Palau. Ellos fueron a una playa cercana bajo el cobijo de un guía experto en primeros auxilios.

Puedes estar a lado suyo en paz. Jamás gritan ni se carcajean. No te gastarán bromas pesadas ni se burlarán de tus desgracias. Pueden escucharte. Te lanzarán algún consejo lleno de obviedades acompañado de un abrazo cauteloso.

Puedes platicarles sobre tu trabajo. Les encantan los temas profesionales. Sin caer en los chismes, desde luego. Sería una falta de respeto hablar de alguien a sus espaldas y según su perspectiva eso está prohibidísimo. Recuerda, estás con seres honorables, no con cualquier chusma.

Son fantásticos. Ahí lo paradójico. Normales y extraordinarios a la vez. Los normales han pasado a escasear. Los principios han quedado en desuso al igual que el mínimo sentido de dignidad.

Hubo un tiempo —errores de juventud— en el que deseaba rodearme de personajes raros, excéntricos. Creía que ahí estaba el camino a la gloria. La obscuridad, lo estrafalario, la ruptura con la norma. Quería conocer a maniáticos en potencia. A pintores surrealistas. Ansiaba tener a lado una antigua sirena. Quizás así podría convertirme en uno de ellos. Alguien único.

Hoy, en cambio, puedo decir que prefiero rodearme de una ama de casa. De un oficinista. De alguien que paga a tiempo sus impuestos. Gente que viste con sencillez. Sin burbujas encima de la cabeza ni gansos alrededor del cuello.

Me interesan sus dramas. Cuando, por ejemplo, te cuentan que el camión de la basura pasa a las cinco de la tarde en sus colonias. Un problema importante ya que a esa hora deben llevar al hijo a las clases de natación y no les queda otra que dejar las bolsas de basura en la banqueta desde el mediodía. A veces los pájaros y los perros callejeros abren las bolsas y dejan un tiradero. Se extrañan los días en que todo funcionaba gracias a un contenedor fijo en una de las esquinas. Ahí todos depositaban sus desechos. Hasta que alguien reportó que había visto a una rata.

El cambio de perspectiva tiene fácil explicación. Conforme envejezco deseo más la tranquilidad, ese gran tesoro. Ansío la compañía de automovilistas precavidos. Conversar acerca de los vasos de unicel.

Que vengan a mí los que respetan las filas. Los héroes que jamás comprometen su límite de crédito.

Le he dicho adiós a quienes se consideran diferentes. Que se queden lejos con sus barbas irónicas. No me interesa conocer sus historias en Marruecos. Lo siento. Me atrae más una abuelita que habla sobre las propiedades de la guayaba.

Tampoco quiero conocer a la salamandra que tienen por mascota. No, que muestren a su pez dorado. No admito otra cosa.

Me tomó tiempo comprender todo lo anterior. Pero al fin he nacido. Aplica a casi todos los niveles. Los gustos son pistas clave para entender.

Las fanáticas de Morrissey y The Cure tienen un tornillo mal ajustado, tienen que saberlo. Años de experiencia así lo dictan. Confío más en quienes escuchan a Shakira. O las que adoran a Coldplay. Gente decente, casi siempre. Sin ningún desequilibrio mental.

Ni qué decir de los expertos en pintura. Hay que tener cuidado con quienes te hablan de AlechinskyMasson. Algo esconden. Hay locura dentro de ellos. Efecto parecido a los obsesos de la música clásica. De esos ya ni te hablo. Lo has de saber ya: para ellos la diversión consiste en degollar a pequeños conejos bajo el ritmo de una ópera de Wagner.

Es vital dejar de ser alguien que se impresiona con facilidad. No faltará el embaucador que empezará a contar anécdotas relacionadas con el consumo de absenta. Qué intrépido, pensarán algunos. Pero tú no. Eres alguien sabio. Pocas cosas merecen causar sorpresa. Así que pídele a ese hombre que se cubra el pecho. A ti no te interesa conocer el significado de su tatuaje de inspiración tribal.

Mejor ir con el señor de la tiendita. Por favor, cuénteme cada cuándo le vienen a surtir los chicles mentolados. Si no le molesta me gustaría saber cómo le hace para trapear tan rápido el local. Quiero fortalecerme como humano.

Despedir a los lanzamientos en paracaídas. Darle la bienvenida a tomar una siesta en el sillón. Dejemos de explorar el mundo. Vayamos al mismo bar eficiente de toda la vida. Bendita sea la normalidad. La rutina.

Un poco lo que explicaba Jarvis Cocker en “Common People”. Esa gran reivindicación de lo que significa ser normal o común. Un estatus muy especial  si lo miras a distancia.

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