Piedritas que sostienen al mundo

Cuando te dedicas a escribir —así sea dentro de la informalidad— llega el punto en que te preguntas si lo que haces tiene sentido. Supongo que también ocurre con otro tipo de actividades, aunque la espina se acentúa cuando se trata de algo que no aterriza del todo en el suelo.

La escritura llega a ser una actividad ingrata a la que puedes dedicar años y años sin recibir una sola retribución a cambio. Está estipulado en las reglas. Nadie debería sentirse sorprendido. Hay campos a los que se entra a sabiendas de los riesgos que ello supone. Aun así no deja de ser una cuestión que choca contra el pecho en determinadas épocas. Por más que uno quiera mantener el tesón, habrá ratos donde se eche de menos un refuerzo. Alguna señal de que vamos por el camino adecuado.

Se sabe: uno ha de remar contra la corriente para llegar a la isla del tesoro. El reto adicional está en ignorar a la corriente y tirarse a lo que uno quiere sin reparar en los resultados. Pintar cuadros sin esperar que se vendan, hacer dibujos para después tirarlos a la hoguera. Porque es verdad, si te dedicas al arte para alcanzar el éxito (monetario, profesional, social) o la fama, tienes que replantear la actitud. Crear no debe ser un medio para salir en una revista o en la televisión. La obra ha de ser el fin mismo. Ya si después logra gustarle a las multitudes, bien, pero no queda que esto último sea la obsesión principal, sobre todo porque inevitablemente conducirá a las decepciones.

Inclusive así surge los momentos de más tierna humanidad en donde se desea un meteórico ascenso rumbo al estrellato que parece tan lejano. Mas, como no llegan las migajas siquiera, se cae en la tentación de dinamitar la rutina. Acaso sea preferible dejarlo todo. Tirar el cofre al mar. O lo que parece ser la mejor revancha: guardarlo todo para uno mismo. Que los frutos del esfuerzo sean degustados en solitario. Un poco a la Salinger. Tampoco es que necesites a los demás con sus odiosos aplausos, sonrisas y abrazos. Tú vas de maravilla con las paredes frías. Has logrado encontrar el afecto escondido detrás de la lluvia que cae.

Decides abandonar. Sabes que nadie echará de menos lo que ofreces. Eres un fantasma que atraviesan sin ver. Y te vas a un rincón en donde hay buena sombra. Una amable brizna de hierba te hace compañía.

En esas estaba yo. Dejando breves anotaciones en libretas viejas. Dibujos en papelitos que regalaba al bote de basura. Mejor así, pensaba. Todo es tan pequeño que nadie notará la diferencia. De qué sirve. Para el universo somos menos que granos de arena. Ni para qué continuar con la farsa. Casi todo sobra ya. Dejen de estudiar, niños. Abandonen sus trabajos, señores. Todo se derrumbará de cualquier modo. Emprendamos un arrojo masivo al precipicio. La cita es el próximo martes a las nueve de la mañana. No falten.

Paso los días sin mostrar nada a nadie. Doy algunas caminatas para escuchar el sonido de los árboles. Al ser cubierto por el sol, alcanzo a ver a una paloma que va sola por la banqueta. Pienso que yo soy esa paloma. No estoy en la plaza con otras aves a la espera suplicante de que alguien nos tire un poco de pan. He tomado una ruta de abandono. Ahí voy, con el pico en el pasto en busca de rastros de semillas.

Luego ocurre un fenómeno. De regreso a casa encuentro que me ha llegado un correo electrónico. Es un lector del blog. Me dice que le gusta mucho lo que escribo, que a diario entra para ver si he puesto una nueva entrada. No puedo contener la emoción. Dejo la computadora y bajo hasta el jardín. Una vez ahí, doy un largo respiro y regreso a la habitación. Hay alguien que me valora. No estoy solo en el planeta. Miguel considera que lo que hago es importante. Doy un par de brincos. Quisiera reaccionar de otra forma, pero lo cierto es que el más mínimo halago me dispara hasta las nubes. Ya se lo he dicho a otras personas que tienen algún gesto conmigo, aunque ellos piensan que exagero. Lo cierto es que no, de verdad entro en éxtasis cuando alguien me recomienda o cuando manifiesta su aprecio por lo que hago.

De pronto Miguel se convierte en uno de los pilares de mi existencia. No lo puedo defraudar. Se trata de un ángel que se alimenta con mis palabras. Su vida depende de mí. Las cuatro líneas que me envió por correo electrónico son la prueba irrefutable de que me necesita. Soy como un segundo padre para él.

Tranquilo, Miguel. Estoy de vuelta porque eres alguien importante y porque me preocupo por ti.

Además he notado que las visitas al blog se han disparado. Mi breve ausencia ha acercado a lectores que entran ante la esperanza de poder de encontrar mi esquela mortuoria.

En Twitter recibo elogios adicionales por entradas que ya ni recuerdo cómo escribí. Soy tan ridículo que me ruborizo frente a la pantalla. Mi perspectiva ha cambiado por completo. La barra de energía ha vuelto a estar en verde. He caído de nuevo en el optimismo: empiezo a vislumbrar la tierra prometida.

Pienso en el poder que tienen los gestos. Una palabra de aliento puede cambiar el día de los demás. Con una sonrisa puedes llevar a un chico de la desolación a la alegría. Se ha desestimado a la amabilidad cuando se trata de uno de los grandes poderes que nos quedan bajo la manga.

Lo entiendo al fin cuando descubro que en Facebook tengo algunos mensajes privados sin leer. Yo no me había dado cuenta hasta que alguien lo mencionó por ahí, el caso es que los mensajes privados que te envían personas que no tienes agregadas aparecen en una pestaña distinta al de los “inbox” de tus contactos. Yo no había visto eso, y al hacerlo me topé con comentarios que lectores me han dejado durante todo el año. Fue como encontrar un billete en un pantalón viejo. El cariño que echaba de menos aparecía de pronto en un caudal incontenible.

En especial por una chica que con su gentileza logra que recupere el buen humor por completo. Resulta que lo expuesto en esta bitácora no solo ha entretenido, sino que ha sido de ayuda para algunos. Con eso es suficiente para borrar los vacíos existenciales y a seguir un trayecto de ya varios años. Comprendo que la vocación no es determinada por los abandonos, sino por los regresos. Eso que te obliga a retomar la carretera por mucho que te empeñes en quedarte ya en medio de la nada.

Y me acuerdo de una escena de La Strada (1954) de Federico Fellini (el más grande) en la que Gelsomina platica con Il Matto acerca de lo inútil que se siente en medio de la inmensidad que la rodea. Ella piensa que su presencia es inútil y que lo mismo daría si no estuviera más entre los vivos. Entonces él la anima diciéndole que todo lo que existe tiene un motivo para estar aquí. Aunque no lo conozcamos todavía. Todo aporta, todo mueve. Incluso las pequeñas piedras a las que pisamos.

Se trata de un fragmento que veo cada tanto cuando necesito recuperar la perspectiva. En los días más duros conviene recordar —sin caer en misticismos ni supersticiones— que estamos aquí por algo. Y así sea mínimo, vale la pena seguir adelante por ello.

Lo refuerzo ahora con un detalle adicional. Esta es la publicación número 100 de este blog. Vendrán muchas más, amenazo.

la strada gesolmina

Anuncios

4 pensamientos en “Piedritas que sostienen al mundo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s