La autobiografía de Morrissey

Hubo una época en que leí toneladas de entrevistas a Morrissey. Por aquel entonces tenía una lentísima conexión a internet a la que solo podía acceder un par de horas al día. Así que cuando encontré una página en la que se recopilaban artículos y entrevistas dedicados a Morrissey, decidí que era buena idea copiarlas todas en un documento de Word que almacenaba para leer por la madrugada.

La recopilación en cuestión terminó por superar las 140 páginas, un pequeño libro que se convirtió en una referencia y en donde aprendí mucho acerca de la personalidad de mi cantante favorito. Lo cierto es que incluso así era insuficiente. Por mucho que leyera, siempre permanecía un velo de misterio. Había temas que Morrissey nunca trataba pese a que le insistieran.

Lo suyo era una gran habilidad para evadir los cuestionamientos, aun cuando daba respuestas. Las mayores confesiones las reservaba para las letras de sus canciones, en donde lograba un efecto muy particular en donde una sinceridad descarnada dejaba intacto un fondo indescifrable.

La vida privada de Morrissey era eso, privada. Llevada con una cautela tal que en vez de producir certezas, era rodeada por especulaciones. La rumorología en torno al hombre se transformó en una de las catapultas mediáticas del artista que prefería verse afectado por ellas que aclararlas, ya que esto suponía el tener que revelar sus secretos.

Un gran juego de cartas. Lo que permanece oculto atrae, y si la situación se prolonga por años, se transforma en obsesión. Lo más revelador eran los discos: diarios personales llevados al ambiente musical. Llaves que conseguían abrir los candados internos hasta elevar la devoción de los escuchas.

Muchos intentaron contar la historia de Morrissey, sin embargo él se guardó el privilegio de la última palabra. Puro timing. Dejó a la semilla tranquila con el fin de que aflorara en el momento oportuno. Ni más ni menos que en un libro de casi quinientas páginas lanzado en 2013.

Aún cuando deseaba tener la autobiografía en mis manos y devorarla en cuanto pudiera, una parte de mí no estaba tan segura. Quizás era preferible mantener el misterio. Ese sano espacio entre el artista y la persona que impedía ensuciar cada uno de los mundos.

Así que cuando Karla tuvo la gentileza de regalarme el libro, tardé varios días en decidirme a empezarlo. Temía que con ello se pudiera caer una imagen que tardé años en conformar. Corría el riesgo de encontrar detalles que chocaran con lo que ya tenía bien establecido. Con los ídolos a veces conviene mantener una distancia prudencial para no salir decepcionado.  No era como leer cualquier otra historia. Esto era diferente porque  se trataba de nosotros.

De cualquier modo, en un instante de valentía, decidí iniciar la lectura. Y no me arrepentí. Cada página sumó y en ningún momento restó. Conozco bien la forma de ser de Morrissey, de modo tal que no resultó raro ver el tono egocéntrico y trágico que puso en su versión de los hechos.

Lo que sí me llamó la atención fue la forma en que está escrito, en un bloque enorme de texto sin división en capítulos y con párrafos del tamaño de un rascacielos. Para alguien conocido por letras de líneas breves y con tendencia a la sencillez fue un cambio drástico que demuestra que su habilidad con la pluma no es fruto de la ocurrencia o del apunte emocional, sino de una particular concepción de las ideas y del lenguaje que no está peleada con un arrojo lleno de urgencia.

Da la impresión que la densidad de la estructura no es un casualidad. Pienso más bien que se trata de una manifestación adicional: la vida vista como un todo. No fragmentada por acontecimientos, sino por la perspectiva de quien la lleva a cuestas. Un solo torrente que acumula dentro de sí a las personas, las anécdotas y las reflexiones.

Las primeras 150 páginas son oro puro para los admiradores ya que en ellas transcurren los años de formación. Una infancia de que la existían pocas referencias fiables y que muestran que más allá de ser una estrella, Steven es un hombre de familia cuyo ambiente cercano llevó a convertirlo en un alma sensible. Son los detalles aquí revelados los que conformaron al artista, con el acento puesto en la tortuosa etapa escolar que lo orilló más y más a la individualidad.

El estilo que imprime a su relato provoca ternura al mismo tiempo que fascinación. Un hombre maduro es el encargado de contar su propia infancia, y en vez de hacerlo con la serenidad de la adultez, lo hace desde la inocencia del niño. No lo hace desde la mirada de quien es, lo hace desde la mirada de quien fue. Alguien que se transporta a una serie de circunstancias que aún le son incomprensibles.

Un refugio ante tal panorama resulta ser el arte. El cine, los literatura y, sobre todo, la música. El pequeño Steven consume discos, películas y libros como una forma de mantenerse a flote. Los New York Dolls le muestran que hay alternativas para manifestarse y que otra existencia es posible. La fascina el peligro del punk a la vez que siente debilidad por las canciones de pop romántico. La devoción por Iggy Pop convive con el apego a Shirley Bassey.

El punto de quiebre llega cuando Johnny Marr hace aparición. Es su entusiasmo el que, de cierto modo, logra salvar la vida de Morrissey. Un día el joven guitarrista se presenta a su puerta con la intención de que ambos formen una banda. El contacto lo establece Billy Duffy. Son los inicios de los años ochenta.

En el plano musical, las palabras de Morrissey son amables con su antiguo compañero. Le reconoce un talento casi sobrenatural y una disposición que logra mantener la relación a flote. También concede halagos a las habilidades de Andy Rourke y Mike Joyce en sus respectivos instrumentos. Sin embargo, cuando se trata del tema personal, Morrissey no tiene piedad y ataca parejo. A Johnny lo acusa de haber sentido celos por el protagonismo que él adquirió como cantante, y a los otros dos los pone como seres ambiciosos cuyo más grande mérito en la vida fue cruzarse en su camino.

Lo anterior se vuelve una constante. Morrissey tiende a separar lo profesional de lo humano. A partir de eso, concede elogios a personajes como David Bowie, Sandie ShawDavid Johansen por lo alcanzado en su trabajo, pero luego los vapulea por lo que, desde su punto de vista, son rasgos imperdonables que terminaron por afectarlo. Morrissey es dramático y no teme ponerse una y otra vez como víctima. Sus penurias son siempre consecuencia de lo hecho por otros, jamás por su propia culpa.

Para los detractores esta posición podrá resultar molesta. Sin embargo, hay que tomar en cuenta que se trata de una manifestación propia del genio. Sus admiradores, por otra parte, están acostumbrados a la dinámica, que de hecho fue una de las razones que en primer término los impulsaron a seguirlo.

A decir verdad, casi ninguno de las decenas de personajes mencionados se salva de su afilada pluma. Morrissey carga contra la mayor parte de la población mundial. Esto incluye a Tony Wilson, John PeelSiouxsie, Stephen StreetGeoff TravisCraig Gannon, Alain WhyteBryan Ferry, Sarah Ferguson, Neil Aspinall y una larga lista que bien podría equivaler a un directorio telefónico.

Como era de esperarse, la peor parte se la lleva Mike Joyce por aquel juicio (ya en los años noventa) en el que el baterista reclamó regalías atrasadas por su participación en The Smiths. El muy cínico pidió un 25% de las ganancias en concepto de conciertos y lanzamientos del conjunto, como si su aportación hubiera tenido la misma importancia que la de Morrissey & Marr. El proceso fue polémico y llevado a cabo desde una aparente ineficiencia en los tribunales, lo cual derivó en un triunfo para Mike Joyce el cual Morrissey no perdona ni perdonará jamás. El incidente en cuestión ocupa cerca de 60 páginas del libro, superando a cualquier otro de los temas tratados. En ellos hay palabras llenas de amargura con un único consuelo: Morrissey sabe que por encima del dinero está el legado, y que mientras él ha seguido con un estatus de héroe pop, aquel suceso relegó a Mike Joyce a una condición de paria. Ningún intérprete de prestigio trabajaría con un traidor a sabiendas de que podría recaer en el vicio. Por si fuera poco, entre los fans de The Smiths, Mike Joyce siempre quedará en la peor de las cuatro posiciones.

De Johnny Marr también habla con amargura. Lo culpa de ser el causante de la ruptura de The Smiths, que de otro modo habrían grabado otros 30 álbumes. En particular a Morrissey le enfureció que Johnny Marr empezara a trabajar con otras bandas y proyectos mientras The Smiths todavía estaban en activo. Retrata aquello como si fuera una infidelidad y un insulto directo a su persona. Y declara que al final el tiro le salió mal ya que jamás pudo alcanzar una fama ni un nivel como el que tuvo a su lado. Incluso se anima a presumir que Viva Hate llegó al primer lugar de las listas del Reino Unido mientras Naked de los Talking Heads (en donde Johnny Marr participó) quedó en cuarto.

No obstante, no todo es amargura. La acidez es intercalada con un exquisito sentido del humor y con un abanico amplio de anécdotas. Morrissey declara haber entrado a la escuela en la que estuvo James Dean (en los días en que visitó Fairmount, Indiana para la grabación del videoclip de “Suedehead”), situación que aprovechó para robar dos sillas que se llevó en avión como souvenir. También cuenta que alguna vez le ofrecieron aparecer en un episodio de la serie Friends, pero se negó cuando le indicaron que su papel consistiría en ser hostigado por Phoebe que le insistiría que cantara con su voz depresiva en medio de una cafetería .

Desde luego que también habla del terreno más íntimo, el de su vida amorosa. El gran pez por el que decenas de periodistas se pelearon sin conseguir la captura. Y por fin, el protagonista mismo salía a disfrutar del banquete, pero no de manera explícita sino bajo el resguardo de una elegante utilización de las palabras. En todo caso no teme afirmar que a los 35 años tuvo lo que se podría considerar su primera pareja. Un fotógrafo con el que vivió durante dos años. No se especifica la naturaleza de la relación, lo que se deja en claro es el soporte que supuso para su vida, que por fin tuvo una figura complementaria a la cual sostenerse. El tiempo pasa y ya en su etapa en Los Ángeles, resulta que conoce a una mujer con la que se podría decir caer enamorado. Un espíritu cálido que le hace replantear algunos asuntos y con quien incluso surge un efímero deseo de formar una familia.

El cierre de la autobiografía se vuelve un regalo a los lectores. Es ahí en donde el egocentrismo cede el paso al cariño que Morrissey siente por sus admiradores. Las últimas páginas son un repaso a sus sensaciones respecto a los conciertos. La mención de las ciudades va acompañada de un aliento que destila gratitud. A destacar el espacio que dedica a México, país en el que se detiene y al que le brinda algo más que palabras diplomáticas. Lo que manifiesta es un genuino aprecio e inclusive un apoyo frente a las injusticias a la que sus ciudadanos deben enfrentarse a diario. En el carácter del mexicano se refleja ese interior  atormentado —al que conoce en plenitud— que sin embargo tiene la fuerza suficiente para cantar y sonreír.

Al final, la autobiografía consigue su cometido. Ni cae en la trampa de alimentar al morbo ni deja espacio a la dejadez. Lo que se le podría reprochar es que a ratos parece una obra más pensada en la autocomplacencia que en dejar un registro global. Una revancha postergada contra sus enemigos. En lo personal lamento que no incluyera más comentarios acerca de sus álbumes de estudio  y de los procesos de grabación. Algunos de ellos los repasa apenas en medio párrafo y los hace parecer más bien una mera plataforma para atizar a la siguiente víctima. Lo mismo con las canciones a las que toca con la fuerza de un pétalo.

Un puñado de fichas se quedan bajo la manga. La figura de Shelagh Delaney queda en la nada, acaso para protegerla de los lectores casuales, como también esa amiga de la infancia que se suicidó de la que no hace ningún apunte siquiera.

Morrissey siempre se reserva el derecho a la conclusión. Ofrece algunas monedas, pero se queda con el botín. Te deja ver la casa mientras te mantengas del otro lado de la cerca. Sabe que así funcionan las figuras de culto. Dando algunas respuestas solo para que a partir de ellas surjan más preguntas. Y así mantenernos pegados a sus palabras durante el próximo siglo lleno de flores.

Morrissey kidMorrissey con su hermana Jackie.

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4 pensamientos en “La autobiografía de Morrissey

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