Elogio del arrepentimiento

En el mundo existen muy pocas certezas. Una de ellas, quizás la más representativa de todas, ocurre en las entrevistas a celebridades. Los temas tratados durante el encuentro pueden ser diversos, pero si llega a surgir la pregunta: “¿Hay algo de lo que te arrepientas”, la respuesta, invariablemente, será siempre la misma: “No me arrepiento de nada, de todo se aprende. Hay que ver para adelante”.

Da igual que el entrevistado en cuestión sea conocido por su originalidad o un carácter excéntrico. Todos caen en el mismo tópico. Pareciera que se trata de una declaración para reafirmarse, propia de alguien con orgullo a la vez que con la inseguridad suficiente como para querer convencerse a sí mismo.

La conducta no es exclusiva de los famosos. Las personas en general procuran rehuirle al arrepentimiento. Se trata de un sentimiento non grato que va contra la dignidad personal. Es lo que se piensa, al menos: que es para los débiles. Los valientes no se lamentan. Ellos continúan la odisea sin importar los errores cometidos. Consideran que las equivocaciones son pequeñeces que no son capaces de disminuirlos. Y así se deslizan, cuesta abajo, rumbo a la pradera de los girasoles.

Muchas veces se trata de un proceso de autonegación. El arrepentimiento está ahí, pero se intenta ignorarlo o sobreponerse a él sin éxito alguno. El muy canalla ofrece resistencia y continúa con la tarea de hacer destrozos en las habitaciones internas. Lo hace para vengarse. Lo has menospreciado frente a tus amigos, así que ahora tendrás que pagar.

Es una reacción caprichosa propia de alguien que se siente desplazado. El arrepentimiento siente que no es valorado en su justa medida, cuando si uno se lo piensa, se trata de alguien que juega a nuestro favor.

Al principio no lo parece. El arrepentimiento se siente horrible. Es la gran bofetada que nos otorga el eco de los actos. Casi siempre funciona como la primera condena. A veces como la única de todas, a menos de que seas alguien insensible que ha disfrutado de los malos comportamientos.

Es ahí cuando conviene recordar que el arrepentimiento es un síntoma de que aún tenemos nobleza. Pese a todo, un sentido de humanidad sigue latiendo por dentro. Si cometemos algo que no está bien y luego reflexionamos con pesar en torno a ello, podemos quedarnos con la satisfacción de que aquella acción no se ha apropiado de nosotros. Al contrario, nos es ajena. Tanto que nuestra conciencia la detecta como a un invasor que merece la peor de las recepciones.

Pongamos que eres un niño que se roba un dulce de la tienda. En un comienzo no te parece mayor pecado. Tu madre no te dio dinero, así que te las tienes que arreglar como puedas. Total, nadie notará que te has embolsado una chocomenta sin pagar. Tienen muchas en los anaqueles. Por una no pasa nada. Así que la tomas y la guardas en tus pantalones. Sales de la tienda con cara de un santo. Imposible que sospechen de ti.

Ya en la calle, procedes a sacarlo de su envoltura. Es tu golosina favorita y aun así, cuando lo metes en tu boca, notas es un sabor amargo. Uno muy diferente a cuando te has comprado o cuando te han regalado uno. Es el sabor de la culpabilidad. Santos cielos, cómo has podido cometer un crimen semejante. Por tu culpa el empleado de la tienda perderá su empleo. Lo harán responsable de tu fechoría. Ya no podrá comprar las medicinas de su abuela. Te echas a llorar. Después de todo eres un niño bueno. No eres un delincuente. Sabes distinguir el blanco del negro. El arrepentimiento te ha dado el empujón que necesitabas para rectificar. Le cuentas el incidente a tus padres. Aceptas el regaño y los acompañas a depositar los cincuenta centavos que pretendías ahorrar.

***

Un escenario distinto es cuando el arrepentimiento proviene de una decisión que al final resultó ser un error. Puede que en su momento pareciera la mejor opción, aquello que te llevaría a la tierra prometida, pero al final resultó que no. Una pareja a la que le diste tus mejores años, una entrevista de trabajo,  una carrera universitaria, un contrato firmado, una compra que te dejó con deudas. Asuntos que con el paso del tiempo se descubrieron como un fiasco y que te hacen sentir fatal por no haberte dado cuenta de ello. Ahora es demasiado tarde. La decisión tomada ha causado daños irreversibles. Te ha quitado dinero, tiempo, oportunidades y felicidad. Has terminado con las piernas hundidas en la derrota. Qué tonto fuiste. Si tan solo pudieras volver atrás…

Es cuando aparece el fantasma del arrepentimiento. Debí haberle dicho que sí. Debí haber puesto el despertador diez minutos antes. Debí haber hecho caso a los consejos. Debí ignorar las palabras que me desanimaron. Debí seguir en lo que quería. No debí dejarme llevar por ninguna de las presiones externas. Solo se vive una vez.

Y aunque parezca que todo aquello sea una mera tortura de la cual sería mejor librarse, son precisamente esas inmolaciones las que te dan la lección. El arrepentimiento es el que te hace ir con más cuidado la próxima vez. Su desempeño va de la mano con eso que llamamos en experiencia. Gracias a ella, contribuyes a disminuir los riesgos futuros. Ya no caerás tan fácil. Sabes cómo va la cuestión. Dejas de ser un pichón para convertirte en un viejo lobo de mar.

Si alguien quiere volver a estafarte lo tendrán chungo. Tú ya sabes que no hay que firmar sin leer. Tampoco podrán endeudarte porque ahora cuidas más tu tarjeta. Esos malditos no te la volverán a aplicar. Adiós a las relaciones nocivas, a la permisividad. Hasta nunca, tristezas.

Como puede verse, el cambio va más allá de una actitud ególatra. No se trata de “no arrepentirse de nada, que de todo se aprende”, sino de asumir al arrepentimiento como un factor determinante en la fórmula. Dejar que actúe por los jardines corporales. Si no hay dolor, es difícil que escarmientes.

Anda a que te raspen las rodillas.

grose cuasck

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2 pensamientos en “Elogio del arrepentimiento

  1. Yo sí me arrepiento de una larga serie de cosas y cuando lo platicas generalmente te miran cual tonto del universo… Pero hasta para poder reconocer los errores hay que aprender a identificarlos. No cualquiera lo hace.

    • Exacto. Le tenemos tanto miedo a los errores que preferimos evadirlos, hacer como si no hubieran estado, en vez de sacar provecho de ellos. Un saludo, Lou.

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