Los libros ‘meh’

De los libros se habla con mucha nobleza. Es posible que no haya otro tipo de objeto que reciba un nivel similar de aclamaciones. Referirse a ellos se hace como una generalidad. Los libros. Los libros son buenos. Te van ayudar. Aumentan tu inteligencia. Si quieres ser alguien de provecho más vale que leas unos cuantos. Si no lees estás condenado a ser una lacra de la sociedad. Así que si no lo haces, al menos finge que sí. Amo la lectura, diles a los que veas. Y cuando te pregunten por tus favoritos sal con la respuesta clásica. No sé, leo de todo. Cualquier género me gusta. No tengo preferencia por ninguno en particular.

Caso contrario es la televisión. Su mera mención tiene una connotación que si no llega ser peyorativa, al menos pasa a ser de segunda clase. Tal vez sea porque al ponerla sobre la mesa, no se suele asociar a The Wire, Cosmos Fawlty Towers. O tal vez sí, pero la balanza se descompone por la presencia de mucha basura que se transmite a diario en pantalla. Digamos que es un terreno con baches y la mayoría de las personas están al tanto de ello.

Pero los libros tampoco son infalibles. De hecho también suelen contener inmundicias. Ni siquiera es que sea raro. Basta darse una vuelta por las tiendas para encontrar títulos que son insulto a la respiración. Lo interesante es que nadie parece tomarlo en cuenta. Las toneladas de malas publicaciones no le restan un solo pelo de prestigio a los libros.

El trato para ellos es privilegiado. Ni siquiera el cine, la pintura o el teatro gozan de tal cobijo por parte del público. Agradézcanle a Shakespeare, a Cervantes, a Tolstói y a tantos otros que dejaron una impresión tan honda que resulta a prueba de balas. Da igual que a partir de mañana las editoriales se dediquen a publicar páginas inservibles una tras otra. Lo que hubo en siglos pasados es suficiente para mantener el estatus para siempre. Crearon fama suficiente con tal de irse a dormir.

Dicho esto, quiero aclarar que, aunque parezca, no tengo nada en contra de los libros malos. Al contrario, los amo. Soy aficionado a leer novelas de baja calidad. Lo mismo con los cuentos y la poesía. A veces incluso los prefiero por encima de los clásicos. Estos últimos pueden llegar abrumar. Es leerlos y quedarte en blanco. Deprimirte. Cómo es que un humano fue capaz de escribir todas esas líneas. Está fuera de mi alcance. Jamás me atreveré a garabatear una sola letra a partir de ahora. Para ser escritor hay que ser un superdotado. Adiós al sueño de ser un autor exitoso. La magia se quedó con Joyce y con Ibsen. No tiene sentido intentarlo. Páseme la cápsula de cianuro, oficial.

Cuestión de sensibilidad. Así como los grandes ejemplos pueden inspirar al principiante, también lo pueden derrumbar.

De ahí que los libros malos no sea tan malos. Acudir a ellos puede resultar saludable, incluso. No en un plano didáctico, sino de perspectiva. Con ellos se aprende a cómo no escribir. Y hasta pueden resultar un estímulo para quien duda de su propio talento. Ya se sabe, despierta la vieja motivación conocida como: “si él puede, por qué yo no”.

Así se ilumina la vena operacional. Si la baja calidad consigue llenar los estantes, por qué uno no habría de intentarlo. La vanidad se pone de pie. Quizás no seas el heredero directo de Nabokov, pero al menos puedes superar esos remedos de letras que han invadido a las librerías. Voy por papel y lápiz, mamá, soy la nueva promesa de la narrativa hispánica.

En efecto. Los libros malos tienen su punto. Dentro de su miseria albergan un propósito, un sentido de existencia. Habría que dejar de condenarlos y darles una oportunidad. Son ideales para cuando los ánimos andan bajos, para esos días en los que necesitas reafirmar la confianza en ti mismo.

Cierto es que tampoco hay espacio para exageraciones. Los libros malos funcionan dentro de su contexto, sin que ello implique una superioridad sobre los que tienen calidad. Hay que tenerlo en claro. Lo que sí quiero señalar es que los libros malos están por encima de lo que llamaremos libros meh que procedo a explicar.

Los libros meh son los que se quedan a medio camino. Los que ni apasionan ni levantan arcadas. Lo común es que los recorras sin mayores turbulencias. Puede que estén escritos con oficio y que no les encuentres nada digno de criticar, el problema es que tampoco contienen nada especialmente digno de admiración.

Como he dicho, los trabajos deplorables al menos te levantan el ánimo. Puedes echarte unas risas con ellos por lo ridículos que son. Con los libros meh ni eso. Lo único que haces es avanzar por ellos en una línea sin subidas ni bajadas que al cabo de un rato te comienza a aburrir.

El recorrido es engañoso. Cada tanto los libros meh sueltan alguna combinación que ilusiona. La reivindicación llega casi siempre cuanto estás a punto de abandonar la lectura. Cuando vas por la página ochenta ya sin mayor esperanza de que el aquello funcione. Entonces, antes de que arrojes el ejemplar por la ventana, aparece una palabra, una línea que te ata. Entre toda la neblina parece haber un rayo de esperanza. Un beso en los labios que te condena a la permanencia. El infortunio radica en que lo que parecía ser la luz, es más bien una trampa. Lo siguiente que sabes es que ya llevas doscientas páginas de una obra que te ha nutrido menos que una pelusa. Decides llegar hasta el fin por mera disciplina. Porque, como diría Otis Redding, has invertido mucho tiempo como para detenerte ahora.

Similar a lo que ocurre en otras latitudes. Procuren rodearse de belleza. Que lo sublime les entre por los poros hasta elevarlos. También conozcan la podredumbre, los barrios bajos. Hay tardes es las que conviene arremangarse la camisa para meterse en la suciedad. Sean presas de los mejores perfumes, húndanse en el lodo. Corran de arriba abajo. Conozcan todo lo que puedan para tener una visión de 360 grados. Lo único que se ha de evitar es permanecer en las medianías. En lo que no aporta. Lo que ni alegra ni enoja. El circuito del bostezo, en donde no hay aspavientos dignos de gritos. Enojarse, entristecerse. Agonizar en el suelo. Reír, brincar por la pradera. Lo que sea, excepto rendirse a la apatía.

JAMES DEAN ON LOCATION FOR THE FILM "GIANT" IN MARFA, TEXAS. 1955

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