Dormir hasta nunca

Yo sé que las recomendación generalizada es que lo mejor es dormir temprano. Hay buenos argumentos al respecto. Una mayor cantidad de descanso ayuda a mejorar el humor y tiene implicaciones positivas en la salud. Los papás lo saben, las abuelitas lo saben. No por nada desde que eres pequeño te condicionan para que no estés despierto después de las diez. O de las doce, aunque sea.

Esa actitud autoritaria es la que hace que tu rebeldía empiece incubar. De lo que se trata es de llevar la contraria, vamos. Resulta que con doce años ya te sientes un adulto en plenitud al que poco le falta para poder montar su propia familia. De repente las órdenes ya no te van como antes. Empiezas a cuestionar al orden establecido y nace en ti un debate existencialista: ¿qué hay después de la medianoche?

Y un día decides no dormir temprano. De cualquier modo nadie lo puede evitar. Lo decía aquel proverbio. Puedes llevar un caballo al agua, pero no puedes hacer que beba de ahí. Lo mismo aplica a esta materia. Puedes llevar a tu hijo a la cama, pero no le puedes obligar a que empiece a soñar. Incluso le puedes cerrar los ojos con cinta adhesiva y envolverlo en sábanas de borreguitos, y ni así. Hablamos de algo que no se puede forzar. Un acto que depende únicamente del individuo involucrado.

Lo que sucede es que no siempre estás cansado. Quieres vivir todo lo que puedas. Estar consciente de cada respiración. Te apasiona el poder escuchar a los grillos, abrir la ventana para encontrar la hierba del vecino. O ver televisión. Algunos de los mejores programas están reservados para los horarios límite. Las películas prohibidas, los debates en política exterior. Todo aquello que tus padres no quieren que veas y que ellos están viendo desde su habitación.

El panorama seduce. Dormir puedes hacerlo después. Para eso están las clases de matemáticas, no nos engañemos. Lo que ansías es poder disfrutar de la noche. Las horas maravillosas en las que casi no hay ruido. En donde las calles permanecen desiertas. Cuando puedes fantasear que eres el único ser humano que permanece de pie.

Te pones a imaginar en qué estarán haciendo tus compañeritos de la secundaria. Seguro que dormidos, los muy bobos. Ellos roncan y babean mientras tú miras un documental sobre las invasiones bárbaras. Qué orgulloso estás de ti. Has descubierto las fascinantes posibilidades del desvelo. Un territorio que se convertirá en tu patria.

Lo comprendes. La sociedad se divide entre los diurnos y los nocturnos. Los primeros son los que salen a correr a las seis de la mañana. Los que se acuestan una vez que termina el noticiero de las diez. Los que están relajados. Los que tienen cuarenta minutos para disfrutar del desayuno.

Aquel parece ser el camino celestial. Pero comprendes que no siempre se trata de eso. Que hay posibilidades más emocionantes. Vamos, que a ti te va el rollo alternativo, la obscuridad. Has descubierto que quieres ser un lost boy. Puede que ni siquiera te atraiga salir de fiesta. Eso vendrá después, cuando conozcas a los personajes extraordinarios que dominan la madrugada. Por ahora te basta con tu propio refugio. Descubres que a las altas horas todo se ve con otra perspectiva. Escribir, leer, escuchar música… hay diferencias entre hacerlo por la tarde que a las dos de la mañana.

Hay una mayor emoción cuando realizas actividades mientras los demás duermen. En lo tuyo hay clandestinidad, peligro. Sabes que debes andar con cuidado, para que ningún adulto te descubra; de tal modo que cuestiones tan sencillas como bajar a la cocina, se vuelven misiones especiales en donde debes desenvolverte con la discreción de un espía.

Nada, con el paso del tiempo comienzas a dominar la técnica. Has pasado de ser un principiante a ser un experto. Desvelarte ya no es una actividad extraordinaria, ha pasado a instalarse en tu configuración personal. Jamás podrás volver a dormir antes de la una, por mucho que lo intentes después.

No hay camino atrás. Y habrá momentos en que lo lamentes, en los que te arrepientas de haber tomado el sendero de los murciélagos. Pero, de igual forma, habrán noches en donde comprendas que has hecho lo correcto. Ser un habitante nocturno te ha dado esos chispazos que ahora conforman lo especial de tu ser.

Las ojeras son heridas de guerra. El sacrificio que debes conceder para cruzar al otro lado. También envejecerás más rápido, vivirás menos y tu salud se verá deteriorada. Pero nadie te quita el hecho de que prolongues al máximo las posibilidades. Con tu comportamiento exprimes hasta el último minuto posible. Luchas por él. Quieres estar con la luna, quieres ser parte de las estrellas. Quieres estar ahí cuando los perros ladren para romper el silencio.

Que los ladrones vengan. En tu casa hay alguien que mantiene los ojos abiertos. No la tendrán tan fácil. Para ti la noche es el comienzo. Tu hábitat natural. Donde por fin te sientes en sintonía con el universo. Y hasta puedes reflexionar. Piensas muchísimo, más que cuando la luz del sol está ahí para molestar. Ya no hay voces ni ocupaciones. Nada que te distraiga. La noche tiene intimidad. Una fina capa que cubre los objetos para dejar todo el protagonismo en tu interior.

Que otros idealicen los sueños. Tan cursis y fantasiosos ellos. Tú quédate con la mesura de la noche en vela. El sonido de la lluvia que cae. Con el coche rezagado que se escucha a lo lejos. Una taza de té, o el café que sirve de cómplice en la travesía.

Es verdad. A la mañana siguiente te costará mucho poder despertar. Andarás en un estado zombi en la escuela y en el trabajo. Serás presa de la irritación. Te acusarán de no estar al 100%. Está bien. Tampoco hay que agobiarse demasiado. Ni que uno quisiera darlo todo por la inmundicia de las responsabilidades. Para ti son un mero trámite. Un fastidio al que hay que aguantar a la espera de que llegue la medianoche.

Entonces volverás.

lost boys

 

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2 pensamientos en “Dormir hasta nunca

  1. O será simplemente que estamos fatigados.
    Gil de Biedma

    Dice un verso de Borges que todo amanecer nos finge un comienzo. Nos lo promete, pero nada más. En realidad, parece que empieza el mundo pero no empieza nada. Cada amanecer tiene algo de rectificación de toda la historia anterior a la humanidad y del planeta. Pero luego nada. Vivimos de principios, somos menesterosos de principios, de orígenes, de amaneceres, de deslumbrantes comienzos. Somos primitivos con ordenador. Basta con ponerse horizontal en la cama para que todos los verticalismos de la vida se vengan abajo. Basta con tenderse boca arriba para que nada importe nada. Con qué rapidez puede uno empobrecerse y venir a menos. Que deprisa se desmoronan los cimientos al parecer sólidos de la propia existencia. Que larga marcha jalonada de caídas. Que época indolente y llena de dolorosos errores. Suspensos y encantados, esperando sin esperanzas y temiendo sin saber de qué tememos. No somos conscientes de lo que hacemos, y cada vez comprendemos menos. La verdad, nadie suele creerla. Ni siquiera sabemos para que nos sirve.

    Buen texto,amigo.Acabo de leerlo recién despierto y ante una taza de café negro,muy negro,tan negro como el retroceso que están imponiendo las bestias feroces del capitalismo asilvestrado.

    Fuerte abrazo.

    • Gran comentario, Francisco. Me da gusto tenerlo en el blog, de verdad. Con lo de los amaneceres voy de acuerdo con Borges. Cada despertar llega incluso a parecer una atadura. Un ancla que nos recuerda que estamos en lo mismo de ayer y no en sueños ni descansados. Aterrador y todo.

      Un abrazo.

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