He venido a pelear conmigo

Le hago reclamos a mi cuerpo. Por las mañanas, en especial. Le digo que debería dormir más tiempo, que no entiendo la necedad de despertar cuando lleva apenas seis horas de sueño.

Soy exigente. Le hago reproches. Estamos juntos en esto. Deberías dormir veinte horas, le digo. ¿Es que acaso hay algo afuera que valga la pena? ¿Te gusta salir de la cama para enfrentar las calles desiertas? ¿La pasas mejor en este infierno? Qué manía la de salir a coleccionar disgustos cuando podrías abstenerte.

El cuerpo no hace caso. Sigue a lo suyo. Se despierta cuando menos quiero y obliga a continuar con los días. No hay manera. Por más que me esfuerzo por cerrar los ojos y atrapar otros quince minutos de descanso; la suerte está echada. Quedan pocos remedios.

De verdad que lo intento. Una vez que he despertado, cierro los ojos para fingir que sigo en un lago. Las palomas cantan a los alrededores con un velo rosado que cae sobre las piedras. Una muchacha corre deslcaza. El vestido llega hasta el precipicio. Quiero gritarle que cuidado, pero ya no estoy en el sueño. Tengo una almohada enfrente para recordarlo.

Estoy ante un rival duro. Un peso completo. Alguien que ha decidido terminar con la fiesta.

Yo que tan bien la paso en otras dimensiones. Por eso le insisto. Le digo: cuerpo, no seas malo. Deja que al menos duerma las ocho horas que estipula el reglamento. Ya no pido otros plazos. Solo aquello que prometen los oficiales.

Es entonces cuando viene la furia. Llega un plan para que escarmiente. La operación es muy sencilla. Estas figuras esperan a que esté distraído. No me avisan. Dejan que duerma esperanzado. Hacen que  piense que esta noche será la mía.

Y tiran el ataque. Sueltan a todas las pesadillas. Lobos que me persiguen entre la nieve. Las visiones. El fuego, la rabia, las apariciones mortales,  El suelo de ceniza se desvanece. Una caída que llega al mar sin refugio. Tener que nadar. Ninguna voz se escucha. Ningún oído recibe los gritos. Agua. Más agua. Ni un segundo de reposo. Mover los brazos para salvar  la vida.

El cuerpo ha mandado un mensaje. Así que quieres dormir veinte horas, me dice. Pues toma, ahí las tienes. A ver si aguantas.

Acepto el desafío. Lucho por quedarme entre sueños. Lo doy todo. Desgarro el aliento con tal de no tener que volver a limpiar la cocina. Muevo las piernas para evitar las filas del supermercado. Aguanto la respiración para ver si así libro el próximo lunes.

De tanto intentar termino agotado. Me descubro despierto. Desperdicié la sesión de descanso. Tengo que ir a hacer unos pagos y lleno de ojeras todavía queda esperar  hasta la noche para  próxima ración de miseria.

unbiverse

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