Nadie sino Bukowski

Charles Bukowski es un autor que se las arregla para aparecer en el momento adecuado de la vida. En medio de la desesperanza, sus libros empiezan a vibrar en las librerías y en las bibliotecas. Se agitan para que los tomes  y te ayuden a salir adelante.

A veces es alguien más quien te lo presenta. También está el caso de que se aparezca en tu camino por diversos medios. Su obra es muy popular. Atribuir su éxito a la sencillez de su escritura sería quedarse corto. Hay otros que escriben sin mayores pretensiones, pero a los que no les alcanza. Se echa de menos otro elemento que se escapa a las palabras.

De cierta manera, lo que caracteriza a  Bukowski es el espíritu.  Tiene de sobra, suficiente parar levantar a todos los jóvenes decaídos que todavía en nuestros días consultan a su obra como si fuera un salvavidas: el último vaso de agua en los desiertos, el refugio ante la descomposición de los alrededores.

A menudo se suele idealizar a la literatura. Se dicen tantas cursilerías sobre los libros que ya hasta da asco leer. La pedantería que se maneja dentro de las letras hace deseable buscar alternativas menos ridículas. A la ligera, te quieren convencer de que los libros son mejores que la televisión, que las películas. Te dicen que leer te transporta a otros mundos y que hará de ti un mejor profesionista. Que así conocerás la belleza, la magia, la plenitud emocional.

El desencanto llega cuando gran parte de las ofertas literarias terminan por no tener calidad. Están llenas y llenas de páginas que no te dicen nada. Escritos por seres más preocupados por los críticos y por atraer mujeres que por ser honestos o ir por las personas comunes y corrientes que al día siguiente tendrán que salir a partirse el lomo desde las seis de la mañana.

Leer puede ser una actividad decepcionante. Lo es si no se elige bien a quien recurrir. De la misma forma en que no le encomiendas tu salud a un médico mediocre, conviene no darle horas de lectura a escritores que jamás dejarán nada dentro de ti.

Se batalla sobre todo cuando eres joven. La mayoría de los libros parecen dirigidos al mundo de los adultos mayores. Textos aburridos que nada tienen que ver con lo que te agobia por dentro. Es verdad que incluso así pueden dejar una marca positiva, ya que no todo tiene que reducirse a tu mundillo personal, pero a veces hace falta algo que te alumbre la sangre. Necesitas que te cumplan aquella promesa de que la literatura te puede sacar del atolladero. Porque es tu última opción. A veces con las personas que te rodean no es suficiente. Tampoco con la música ni el cine. Habrá noches en las que nada parezca tener una respuesta. Requieres de algún golpe de aliento al cual amarrarte. Y entonces los libros, que se supone podrían, tampoco lo consiguen y llega la desesperación.

Pero hay autores que sí consiguen ese efecto. Autores que tienen la magia y que tienen correspondencia con esas cursilerías que te quieren enjaretar. Lo curioso es que son autores que no siempre son bienvenidos por el canon ni por la crítica establecida. Autores considerados menores. Incluso insignificantes.

Muchos de ellos jamás ganaron un premio. Tardaron años en conseguir el éxito o nunca lo hicieron. Llevaron una existencia llena de torturas que, sin embargo, no los destruyeron del todo. No tanto como para impedirles escribir.

Bukowski es uno de ellos. Alguien que tuvo que picar piedra durante décadas antes de poder vivir de lo único que podía hacer con pasión. Alguien que pasó por los peores trabajos, alguien que pasó hambre. Un viejo que tuvo que recurrir a la máquina de escribir para evitar la asfixia. Un claro ejemplo de la venganza que permite el arte: hacer de las penurias una fuente de inspiración.

Es obvio que, como escritor, Bukowski tiene algunas limitaciones, pero son esas mismas las que permiten compactar un producto que llega concentrado y que fluye hacia a los lugares apropiados.

Cada línea que le sale del pecho da el toque exacto. Van con una intensidad tal que uno se pregunta cómo hizo para jamás agotarse. Porque era eso, sus textos podían repetirse, pero jamás podían agotarse. Esos temas recurrentes en su carrera, anécdotas que desfilan en varios de sus trabajos, a veces espaciados por años.

Las mujeres, la bebida, el hipódromo. El sonido de unos tacones que van a la puerta de salida para no volver jamás. El trago que lleva tus dolencias en la mezcla. La apuesta arriesgada de la que depende tu próximo quincena.

Y algo que flota por debajo de lo anterior. Bukowski tiene muchos malos lectores. Un montón. La mayoría. Aquellos que lo leen por diversión. Por las historias de sexo, por las borracheras, por regodearse en su miseria. Mirones que van por el detalle morboso. Los que le dan una monedas al vagabundo para que se ponga a bailar.

Lo cuestión es que Bukowski es mucho más que relatos de resacas. De hecho eso es la superficie. E incluso se podría decir que es una cuestión circunstancial. Es innegable que el alcohol tuvo una incidencia determinante en los pasos del hombre, pero lo más importante en él es su modo de afrontar la vida. Una visión que mantuvo en otras etapas, aun cuando llegaba a escribir en sobriedad.

Era un tipo sucio, violento y vulgar. Y a la vez sabio, sensible y un romántico de primera (“para mí, tú eres la número uno, y ni siquiera hay número dos”). Un niño maduro. La gran cicatriz que habla con miel. La guerra sin cesar contra las afrentas.  El boxeador que tira golpes  luego de levantarse de la lona.

Y alguien que vivió muchas vidas en una. Un ávido lector que leía toda la noche hasta que el libro se le caía de las manos previo a perder la conciencia.

Hay que evitar confundir a la persona con el personaje. Más allá de muchas leyendas, se trataba de un hombre que pagaba la renta a tiempo y que escuchaba música clásica para salvar el centro de su cabeza.

Por eso tiene tantos imitadores que nunca consiguen llegarle siquiera al tobillo. No basta con escribir borracho ni ir a una casa de prostitutas. Para escribir como él hace falta mucho más. Repito: lo de el alcohol es hasta circunstancial. Lo suyo lo supera. Tiene que ver con manejar el amor de las piedras. El sacar belleza de la basura. Darle un escupitajo a la miseria .

Bukoswki es un escritor que te salva. Lo recomiendo a cualquiera que esté deprimido o que no logre superar una ruptura amorosa. Yo lo conocí en un momento bajo de mi existencia y le debo mucho porque me sacó del bache. Su forma de escribir te agarra del brazo y te hace caminar. Te da un paseo por el sufrimiento, la tortura, la decadencia… y saca petroleo de ahí. Hay poesía en su derrota. En ella se encuentra el impulso, la razón para saltar a la siguiente línea, en donde cada letra cobra vida y en donde hay que combatir por el próximo segundo. Que no quede nada sin decir.

Su obra se divide principalmente en novelas, relatos y poemas. Las novelas y los relatos están bien. Son simpáticos y te dejan enseñanzas.  Ideales para llevar en la mochila y matar las horas muertas que se atrevan a surgir. Sin embargo, creo que lo mejor de él está en los poemas. Ahí en donde demostraba su parte más secreta. Donde era más íntimo y honesto. Con versos libres, mas no caprichosos. En donde el instinto manejaba los hilos, con la consigna de facilitar el flujo de lectura y escritura. Era a lo que más se dedicaba, era un poeta. Alguien al que no le quedaba otra. Eran los pájaros tristes que dejaba salir por la noche, ya cuando nadie lo veía.

Si con la prosa Bukowski le habla a las entrañas, con los poemas le hablaba al corazón. La conexión es tan intensa que habrá veces que te emocione hasta las lágrimas. Querrás abrazarlo y te reirías al pensar que, si lo hicieras, recibirías por respuesta una patada en la boca.

Un honda impresión. No necesita de métrica ni de usar un lenguaje culto. Le basta con hablarte de su refrigerador. Con palabras elementales. Con la sinceridad ante todo. El tipo de lectura que puede ayudarte en ratos difíciles. Que te muestra que en la tormenta se puede tirar de la dignidad

No sé si sea mi escritor favorito. Pero le debo bastante. Quizás más que a ningún otro. La de veces que me ayudó. Sus libros te absorben de manera tal que, en vez de sufrir y quedarte tirado con lamentos en el suelo, prefieres continuar con la próxima página. La recompensa es suficiente para que encuentres una razón para mantenerte de pie.

Recuerdo uno de sus poemas. Trata sobre uno de sus gatos. Un entrevistador le pregunta quién ha influido más en su obra. Y espera que la respuesta sea “HemingwayHamsun, Dostoievski“, pero él le dice: “Mi gato”. Y le cuenta sobre su mascota: que lo adoptó luego de encontrarlo malherido. Un auto lo había atropellado. El pobre animal se había acercado a él en busca de ayuda. No tenía otra que tirarse a su bondad. Bukowski decidió darle cobijo. Lo llevó con un veterinario. que le dio un diagnóstico terrible: además del atropello, a ese gato le habían disparado. Tenía la columna vertebral destrozada. No había muchas esperanzas. Salvo darle unas pastillas y ver cuánto tiempo más lograba respirar.

Bukowski llevó al gato a su departamento. Lo alojó en el baño. Le dio las pastillas. Lo alimentó. Le dio gotas de agua directo en la boca. El gato al principio se negaba. Bukowski lo acariciaba. Le cantaba, le daba palabras de aliento. Era entonces cuando sus miradas se cruzaban y el gato empezaba a comer.

Con el paso de las semanas, el gato hizo sus primeros movimientos. Debido a su estado físico, no le quedaba otra que arrastrarse con la ayuda sus patas delanteras. Las únicas que todavía le funcionaban. Avanzar un metro en esas condiciones era toda una proeza. Pero el gato lo hacía. No se rendía. Recorría toda la habitación hasta llegar al plato de la cena.

Un día, el gato pareció no poder más. Se arrastró un poco hasta quedar rendido en el suelo. Y miró a su amo, que se identificaba con él. Ambos habían pasado por múltiples penurias y complicaciones. No obstante seguían vivos. Con sufrimiento y lo que quieras, pero vivos. Al verlo tirado, Bukowski se abstuvo de cargarlo. Lo único que hizo fue darle palabras de aliento. Vamos, bastardo. Tú puedes. Has pasado peores jornadas. Y el gato se puso de nuevo en alto, tanto como podía. Se arrastró un poco más y luego volvió a caer. Y se volvió a levantar. Se arrastró hasta llegar a donde quería.

Ese es el sentimiento que deja Bukowski. Que eso es la vida. Sentir dolor, tener  debilidades, carencias  y obstáculos. Y, pese a todo, seguir arrastrándote por aquello que vale la pena.

Se te extraña, Hank. Siempre.

buk

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3 pensamientos en “Nadie sino Bukowski

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