Encuentro cercano con un tipo de tercera

Recibo un correo electrónico. Es de un lector, quiere que nos veamos en persona. Apuro la respuesta. Le digo que no puedo. Menciono que estaré ocupado la semana entera, aunque lo cierto es que no tengo nada que hacer el resto de la década. Lo siento, agrego, no veo por qué debería reunirme contigo.

A los tres minutos recibo un nuevo correo. Es de la misma persona. Dice que ha leído todos los textos de mi viejo blog. Lo considera magnífico e inclusive menciona que gracias a él ha conocido a su ahora esposa. Tengo que verte, escribe al final. Quiero contarte cómo se dieron las cosas entre ella y yo. También te daré un obsequio para compensar el detalle. Por lo que escribes sé que eres tímido. Podemos vernos en un lugar público para que no tengas miedo de nada. Solo quiero mostrarte mi agradecimiento, te lo suplico.

Me emociono. A veces pienso que nadie lee lo que escribo, que jamás alcanzaré el éxito modesto con el que sueño cada tres noches. Gracias a ese correo cabe la posibilidad de que sea el principal impulsor de una gran historia de amor. Al diablo con la timidez, con la desidia y la flojera. Tengo que conocer a ese hombre. Seguro me dirá que su primer hijo llevará mi nombre y que estoy invitado a su boda en la playa.

Intercambiamos un par de mensajes para coordinar el encuentro, decidimos vernos por la mañana en un centro comercial. Voy a dormir. Horas después despierto y me alisto para la cita.

Llego puntual. Espero en la entrada principal como acordamos. Recargo la espalda en una pared. Una niña se acerca a pedirme una moneda. Sacó una de diez pesos y se la doy. Celebro el hecho de que los textos sobre calcetas y canarios que escribí hace años se convirtieran en la chispa que encendió un amor. Por fin tengo una existencia justificada. Sin mi presencia el hombre del correo electrónico ahora estaría cortándose las venas.

Pasan quince minutos. No lo veo. En el último mensaje le pedí que llevara una rosa amarilla para reconocerlo. Acaso no pudo conseguir una. Miro a un señor que lleva tiempo parado cerca de ahí. Es posible que se trate de él. Luce como un triunfador, alguien que lee a alguien como yo.

—Disculpe, ¿es usted Bibiancito94? Soy Bigmaud.
—¿Qué?
—Que si puede darme la hora, por favor.

La cara se me pone roja: lo alcanzo a notar en el vidrio de la puerta eléctrica. Las mejillas sonrojadas son la alarma de los tímidos. ¿Qué carajos es “Bibiancito94”? Lamento el no haber preguntado su nombre real cuando pude. La foto que tenía de avatar era pequeña y borrosa. No tengo ni idea de con quién concerté una cita. El peso del mundo cae de nuevo sobre mis hombros. La escena es patética. Estoy ahí de pie a la espera de que un desconocido llegue. El pleno fracaso terrenal.

Los héroes de internet son perseguidos por mujeres hermosas con las que salen a cenar. Nínfulas expertas en conversar sobre literatura, sonreír, enamorar. En contraparte, lo que yo tengo, luego de cinco años machacando la mente sobre el teclado, es una cita con un perdedor que me ha dejado plantado.

Una estafa. La espera de cuarenta minutos es una tolerancia suficiente. Doy unos pasos rumbo a la esquina. Ahí planeo tomar un taxi. Pero antes de que consiga cruzar la calle, un ancla humana sujeta mi brazo. Es un chico de unos dieciocho años. Tiene el cabello castaño, es regordete y usa lentes.

—Soy yo, Carlos, Bibiancito94.
—¿Bibiancito94? ¿Cómo carajos sabes mi nombre?
—Porque he leído todo lo que has escrito. Perdona la tardanza, tuve que ir a cambiarme de ropa.

Después de mirarlo, descubro un detalle perturbador: el tipo está vestido igual que yo. Lleva unos pantalones de mezclilla azul claro, una camiseta negra y una bufanda azul marino. En una de las manos lleva la rosa amarilla, otras tantas rojas y bajo el brazo una caja de chocolates.

—Te ves muy bien. Toma, te traje unos chocolates con galleta. También las flores son para ti.

Solo tomo la caja. El tipo está loco. El primer admirador que tengo resulta ser un chiflado de primera. Debo irme de ahí.

—Lo siento, Bibiancito, pero tengo que irme. Gracias por tu aprecio. Suerte con lo de tu mujer. Es difícil encontrar alguien que valga la pena en este mundo, si ella te hace tan feliz como para querer vivir a su lado el resto de tus días, seguro es un ángel.
—Eh… tengo que explicarte algo… vayamos a tomar un café, por favor.
—No hace falta. Ten muchos hijos, besa a tu perro y adopta una esposa. Haz lo que quieras, ocupa tu mente, pero ya no me leas.

Cruzo la calle y avanzo tres cuadras. Antes de tirar la caja de chocolates a un bote de basura, leo la nota que trae en la parte superior:

Dos ojos
han bastado
para hundirme
en tu amor.

rohmer

Publicado originalmente en Imagen Médica.
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