Los inconvenientes de ser un casco

Hoy hablaré en nombre de los cascos. Lo hago porque nadie se ha dignado a defenderlos hasta ahora y ya ha sido suficiente. Que sí, que sí: hay prioridades. Los animales son importantes. También el medio ambiente, los niños, y las viudas. Pero ya es hora de que alguien intervenga en favor de las prendas protectoras antes de que la masacre contra ellas continúe.

Ser casco es una condena que jamás recibe el reconocimiento que merece. Son ellos los que se llevan todos los golpes. Son lo escudos que enfrentan a las inclemencias. Mártires tecnológicos que entregan la vida para que los seres humanos puedan continuar con esa monotonía llamada respiración.

Estamos hablando de objetos ninguneados. Las pocas veces que se les hace una distinción, los aplausos más bien parecen inclinados a quien les dio uso:

—Qué bueno que fulanito llevaba casco. Imagínate si no, se hubiera roto la cabeza. Gracias a dios  es tan listo que tuvo el cuidado de prevenir.

Y el casco llora por dentro. Se encuentra quebrado en el suelo sin que nadie le dé un abrazo. Nadie le dice: todo te lo debemos a ti. Me salvaste. Te estaré siempre agradecido. Por el contrario, una vez que se les ha exprimido, se les desecha. Sin más, como si no merecieran una jubilación en la playa o siquiera la colocación en un altar.

Porque lo que ellos hacen no es una tarea sencilla. Más allá de los propios peligros del oficio, tienen que enfrentar una serie de calamidades que convierten a lo suyo en uno de los peores trabajos del mundo.

De entrada, a ellos nadie los protege, ni siquiera contra la lluvia. Tienen que mojarse mientras le hacen el favor a un motociclista que conduce en la mayor de la comodidades. Además, tienen que aguantar el contacto íntimo con seres repugnantes. Pegados a su cabeza, sufren a dueños que no se lavaron el cabello y que por tanto apestan. Y tienen contacto con caras horribles que  estarían mejor ocultas para siempre  bajo una capa aislante.

En cambio los cascos son guapísimos. Tienen un perfil más bonito que el del usuario promedio. Bien harían algunos en dejárselos puestos, en beneficio del espectáculo.

En lo que se refiere a sus competencias, debe apuntarse que son poco reconocidas, en especial cuando se trata del deporte. Lo anterior se percibe, por ejemplo, con los jugadores de futbol americano, que son vistos por las masas como seres valientes, rudos y que resisten cualquier embestida, cuando en realidad gran parte de ese mérito corresponde a los cascos. Ellos son los que llevan la peor parte. Algunos hasta quedan despintados y no gozan de los salarios millonarios que tienen sus protegidos. Ya ni te cuento la humillación que para ellos representa el llevar barras metálicas enfrente, una aflicción que cualquiera que haya utilizado brackets podrá comprender.

Estamos, en resumidas cuentas, ante dispositivos maravillosos. Son hasta héroes de guerra. Anónimos, claro está. Porque las enciclopedias se acuerdan de George Patton y de Audie Murphy, pero jamás hacen una semblanza de ningún casco patriota. Si alguno te llama la atención, es difícil encontrar información sobre cuáles fueron sus orígenes o cuáles fueron sus motivaciones para enlistarse en el ejército. Lo único que se nos dice es que forman parte de la vestimenta oficial y que su cometido es el de salvar unos cuantos cráneos. Ahí nada más.

Lo peor es que los clientes que aquí defiendo, además de ser desdeñados, son incluso atacados. Se les ofende en público al decir que son incómodos, pesados y feos. El origen de esas palabras viene de gente con poco sentido estético. Sin embargo, lo enternecedor es que los cascos ni se inmutan. Permanecen en silencio sin emitir una sola queja. Tienen honor. Comprenden que trabajan para un mundo ingrato que jamás los escuchará. Y no les importa tanto, porque en su pureza no cabe la vanidad. Lo único que piden es que los dejes descansar de vez en cuando en alguna repisa cuando no los vayas a utilizar.

Por desgracia, la valoración que se les tiene es tan baja que algunos hasta prescinden de ellos. Hay quienes se hacen los valientes y dejan de usarlos. Y salen a la autopista a una alta velocidad sin saber que casi todo depende de la protección. Que sin un amigo que les cubra la cabeza, sus posibilidades de morir en un choque aumentan. Aquí es donde manifiesta la gran diferencia entre ambas partes. Los seres humanos, a diferencia de los objetos, son vanidosos, irresponsables. Les importa más que no se les aplaste el peinado. Luego vienen las consecuencias. El drama. El reproche. El recordar por fin la importancia de los cascos.

Pareciera que su función cobra relevancia solo cuando no están, cuando ha sido demasiado tarde. De cualquier manera, ofrece un ligero alivio el pensar que, a pesar de todo, se les guarda un tributo  velado cada que se les utiliza. Así al menos se  admite su  eficacia

A decir verdad, los cascos están bien cotizados. Se venden a precios elevados y algunos los tienen por imprescindibles en sus actividades diarias. Lo que ocurre es que, como suele pasar en otras relaciones, la cotidianidad consume. La convivencia prolongada borra la pasión inicial. Después de algunos días de uso, adquieren la perspectiva de la normalidad. Dejan de parecer especiales para pasar a ser algo que está ahí nada más. Como si fueran unos calcetines cualquiera.

En todo caso, la suya es una profesión muy noble que los hace partícipes de muchas aventuras. Los cascos están en las carreras de fórmula uno, en la industria de la música electrónica y algunos ejemplares destacados han participado en misiones en la luna. Que nadie les reste virtudes, su posición es indispensable. Algunos jovenzuelos  pensarán que no, en cambio los expertos lo tienen claro. Si la NASA los incluye en misiones espaciales, no hay razón por la cual el resto de la sociedad les rechace.

Incorporarlos a nuestras ocupaciones trae beneficios para el propio organismo. En nuestro favor, ellos hacen de kamikazes. Lo que corresponde, si es que somos dignos, es agradecérselos. Darles mimos. Limpiarlos. Besarlos después de cada ayuda que hayan proporcionado. Si te han salvado de una raspadura, lo correcto es invitarlos a cenar. Prensentarles a una amiga, que conozcan una cabellera larga y sedosa con un olor a manzanilla que los deleite por un rato. Ya luego regresarán contigo. A sufrir y al mismo tiempo a desvivirse por ti.

No digas que no te quieren, gamberro.

miami dolphins

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