El mundo está lleno de cargantes

El asunto de la compañía es muy delicado. Para bien o para mal, juntarse con alguien puede cambiar el panorama por completo. Así que hay que andar con gente que valga la pena. O mejor optar por la soledad. Ni para qué sacrificar el anacoretismo, tan prestigioso hoy en día, si no va a ser para al menos tener una recompensa.

Con los compañeros se ha de ser exigentes.  No cualquier puede estar a tu lado, que tú eres uno de los elegidos. Si es necesario, realiza audiciones y concursos de resistencia para garantizar que sean aptos.

Habrá quienes sean conformistas y terminen vinculados a cualquier piltrafa con tal de no quedar en el abandono. Pero allá ellos y sus bajas demandas. Miles de matrimonios surgen así, por dos personas que son incapaces de aguantarse a sí mismas, por lo que se juntan con el primer sujeto que se cruce en el camino. Y así duran años, sin ser del todo felices, resignados con la idea de que al menos alguien está dispuesto a compartir cama con ellos.

No, la verdad es que amigos hay que tener los justos.  Con un puñado basta. Luego vienen las personas que caen de maravilla, sin que eso implique tener una relación profunda con ellos. Amigos de verdad, se tienen pocos en la vida. Al menos en la mayoría de los casos. Otra cosa es que ya se le diga “amigo” a cualquiera con quien se comparta un mismo lugar de estudio o de trabajo.

Lo cierto es que, si se filtran nombres a partir de determinados parámetros (palomear a los que conocen cuál es tu comida favorita, los que te visitaron cuando se te rompió una pierna, los que te dieron un abrazo de cumpleaños, etc.), puede que de los 100 que tenías contemplados en tu categoría de conocidos, solo cinco o seis terminen por reunir las suficientes medallas para que los consideres cercanos a ti.

De esto me di cuenta hace tiempo. Yo antes me sentía mal al ver que los demás tenían miles de amigos. Pensaba: yo casi no tengo a nadie, cómo es que he terminado así. Debe haber algo horrible conmigo, una maldición egipcia, tal vez. Luego descubrí que la gente que tiene miles de amigos no tienen apenas ninguno en realidad. Lo que tienen son muchas relaciones superficiales a las que sobrevaloran o a las que etiquetan como tales sin ningún miramiento. Le llaman así a los colegas, a quienes se topan en el estacionamiento y hasta a los desconocidos a los que preguntan por una dirección en la calle.

Muy pocos son los que merecerían el título de amistad, si existiera una mínima decencia.

El tema, por tanto, más que por un número, tiene que ver mucho con la forma en que se percibe a los demás. En la consideración que se tiene por ellos, la flexibilidad para sumarlos a un círculo personal.

Por otro lado, están los solitarios por convicción y los que lo son por calamidad. Hay a quienes les gusta estar sin nadie a un lado, no vaya a ser que roben todo el oxígeno disponible. Y hay quienes están encerrados en un baúl a la espera de que alguien los acepte y los saquen de ahí.

En todo hay matices. Las compañías no son la excepción. No siempre son plácidas. Incluso se les puede considerar una especie de maldición que ata a una serie de penurias.

A mí me pasaba cuando era chico. Tenía unos compañeritos de la escuela que me buscaban mucho, casi todas las tardes. Yo no los quería ni ver. Eran simpáticos y agradables conmigo, pero consideraba que era suficiente con verlos en la escuela. El resto del tiempo debía dedicarlo a escuchar música, ver películas y usar la computadora, planes en los que ellos no encajaban.

E iban a tocar mi casa para que saliera con ellos a jugar. En cuanto sonaba el timbre yo sentía un ligero fastidio. La noche anterior me había desvelado por culpa de un programa de radio que ponía canciones buenísimas, y lo único que quería era dormir un rato. Ellos lo impedían. No podía fallarles. Comprendí que la amistad es una responsabilidad, una atadura. Con algunas ventajas y muchas obligaciones. Así que olvidaba el sueño y los acompañaba un rato a jugar futbol.

Desde entonces aprendí que si iba a realizar sacrificios similares, al menos debía ser por personas que me nutrieran de alguna forma. No por cualquiera, esos que nada más exigen sin ofrecer nada a cambio. Sino por aquellos que ofrecieran algún estímulo. No visto desde un burdo utilitarismo. Más bien reservar el tiempo para los seres emocionantes: de los que pudiera aprender, que lograran hacerme reír. Y así poderles dar lo que yo tuviera para crecer en compañía.

Porque en la sociedad hay muchas rémoras. Criaturas que buscarán absorber toda tu energía para luego botarte. Ni un gracias, ni una palmada en la espalda. Nada te darán cuando tú los necesites a ellos. Son los que siempre te piden cosas prestadas, los que se acuerdan de ti solo cuando necesitan un favor y los que desaparecen cuando pasas por una mala racha.

Nocivos también son las compañías que no dan un respiro. Las que te siguen a todos lados y que impiden que dediques unos minutos a ti mismo. Los que acosan, los que sofocan. Los que llaman a todas horas para recordarte que existen. Para ellos es impensable no verte a diario. Que hay que hacerlo para mantener vivo el frágil vínculo que los une.

A estos últimos se les llama cargantes. Un término que ustedes a la mejor habían escuchado en otros contextos. Lo que pasa es que ya casi no se usa. De hecho la definición la conocí gracias a quien estableció el sentido: Ferdinando Galiani, un economista italiano del siglo XVIII al que de vez en cuando también le daba por escribir.

Dejemos que él lo explique:

Cargante: un hombre que te roba la soledad sin ofrecerte compañía.

La frase la saqué de un viejo libro. En internet se le atribuye, con una ligera variante, a Giovanni Vincenzo Gravina. Y al parecer Nietzsche la parafraseó en alguna ocasión.

Sea como sea, lo mejor es impedir que los cargantes lleguen a tu círculo de confianza. Detrás de sus apariencias, se esconden figuras que te llevarán al desgaste y que jamás traerán beneficios para tu persona. Yo sé que esto de las relaciones no es una empresa como para hablar de costos y ganancias, sin embargo hay que evitarse disgustos.

Eso sí, he de apuntar que hay veces en las que uno se lleva sorpresas. Darle todo lo que llevas por dentro a otra persona, sin esperar nada a cambio, puede traer también grandes satisfacciones. Habrá con quienes uno deba olvidarse de cálculos. Y tirarse colina abajo sin reparar en las consecuencias. Se sabe que la caída puede ser dolorosa, pero el trayecto nadie te lo quita. Así que disfruta mientras el viento te pega en la cara. Deja que todo parezca fantástico. Ya te preocuparás después.

capricho

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