Llaves perdidas

La falta de motivación. Uno de los grandes problemas a enfrentar con los años. Llega un punto en el que después de tantos reveses llegas a considerar que nada vale la pena. Se cree que cualquier miligramo de esfuerzo llevará a un nuevo fracaso. Y de verdad lo piensas, por lo que armas un debate interno antes de tomar decisiones, así se trate de mover un solo dedo.

Recuerdo días en los que sentado frente a la ventana terminé por pensar en todas aquellas cosas que podría hacer. Las miles de opciones: salir a patear un balón, rentar un disfraz, aprender a bucear, llamar a una persona, ir a clases de dibujo, etc. Después de unos minutos terminaba agotado, lo suficiente para no hacer nada de lo mencionado.

De inmediato  surge una insatisfacción que sugiere que acaso lo mejor sea ni tomarse la molestia de pensar.  La barrera de la voluntad. Lo cierto es que puedes hacer miles de planes, pero al final todos ellos dependerán de una disposición que puede estar eclipsada por una carrera de fracasos que dejaron huella. De poco o nada sirve idear un edificio con árboles si estás en un día fatal en el que lo único que te interesa es el consuelo de una cama llena de cobijas.

Cuántas preguntas no se hacen por el temor de las posibles respuestas. Cuántas acciones se evitan por el temor a las posibles consecuencias.

La parálisis. Es posible pasar tardes enteras encerrado en los propios pensamientos. La imaginación no es siempre ese lugar paradisíaco al que se suele pintar como la fábrica de sueños. La imaginación tiende a combinarse con los malos recuerdos,  pesimismo, sospechas.

Ante la falta de motivación para actuar, termino orillado a tomar medidas para evitar convertido en un vegetal. El que más utilizo es el de llevar los asuntos al límite, hasta ese punto en el que decisión se vuelve obligada. Si, por ejemplo, hay que hacer un trabajo, espero a que falten apenas unas horas para la entrega final. Debido a la indisposición, realizar la tarea en los días precedentes es casi imposible, por lo que espero la llegada de la presión final para que la urgencia coopte a los pensamientos negativos. De este modo, la renuencia a dedicar tiempo a un trabajo que no me dejará ninguna enseñanza es vencida por el pánico a tener que repetir un semestre de experiencias similares por culpa de no aprobar.

El aliento del infierno que se acerca por la espalda impulsa a dar el paso.

Liberar los candados internos. Desde el pequeño con el que se consigue salir de la cama por la mañana, hasta el enorme que lleva a los deseos.

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