El pato de la bañera

Un pato amarillo de plástico. Lo recibiste cuando eras pequeña, para que pudieras jugar cuando te bañaras . Y así fue. En la tina, sin que tu madre dejara de vigilar, el pato flotaba  y tú le decías que te gustaba brincar con tus amigas de la escuela. A él no se le borraba la sonrisa del pico. Era alguien que no ponía resistencia lo mismo si lo querías hundir. Un cómplice incondicional.

A veces, por estar distraída con él, se te olvidaba el champú como se te olvidaba usar el jabón. La hora del baño pasó a ser la hora de la diversión con el pato siempre dispuesto a seguir los designios de tu mano. Creciste con él, tu fiel compañero. Incluso se quedó a tu lado cuando pasaron los años y tu madre dejó de vigilar. Tú ya habías visto programas de televisión donde salían juguetes parecidos y te daba risa que lo tuyo pudiera ser un lugar común. Lo habitual, tus padres dicen que eres especial, pero todo lo que te ha rodeado es ordinario. Eres castaña, tienes el cabello hasta los hombros, la piel morena, los dientes un poco chuecos. Nada fuera de lo normal. Tienes el modelo exacto de pato que viene a la mente de cualquier que haya visto una cantidad razonable de películas.

Sea como sea, te cuesta dejarlo atrás. Ya te han crecido un poco los pechos. Eres otra. En cambio el pato siempre ha estado ahí, con una sonrisa que no muchos ofrecen. Intentas convencerte de ello. Te dices,  aunque ya soy una joven, nadie se dará cuenta que todavía me baño con una figura de plástico. Es lo que los niños hacen. Y ya no juegas con él como antes, pero le hablas mientras lo paseas por la tina. Le cuentas que el chico que te gusta te ha preguntado cuál es la música favorita de tu mejor amiga, y tú le has dicho que Nina Simone —cantante que tú le presentaste— para ser amable con él, aunque al mismo tiempo sabes que tu respuesta hará que ellos se acerquen y se vayan lejos de ti, con lo que perderás a un prospecto y a una amiga. Y el pato te mira, y sonríe, el muy insensible. Si a estas alturas todavía lo aguantas, es porque al menos te escucha, y no habla. Qué pena te daría que alguien supiera tus secretos y los contara por ahí. Así que vas, le confías cada día lo que pasa por tu mente con la seguridad de que tú misma tienes la llave de escape. El pato, ya sabes, nunca te traicionará. Y a veces le das un beso en los ojos, una de las pocas formas que tiene de cubrirlos porque le faltan los párpados.

Un día tu madre se acuerda. Desayunas con ella cuando de pronto te pregunta por tu amigo. ¿Te acuerdas que de niña te compré un pato de juguete? No lo soltabas. Te la pasabas horas y horas dentro de la tina platicando con él. Le dabas vueltas y lo aventabas para salpicar. ¿Te acuerdas? Te reías toda linda. Quién sabe dónde haya quedado. Yo no lo tiré .Tal vez esté en alguno de los tambos de tu cuarto. Búscalo. Sería un bonito recuerdo para enmarcar. Me avisas si lo ves.

Te quedas callada. No le dices que todavía guardas al pato en uno de los cajones de tu buró. Que siempre, sin falta, lo sacas de una cajita blanca antes de ir a darte un baño. Que cuando terminas, lo secas y lo metes de vuelta al escondite. Ahí vive, con la única consigna de salir a escucharte cuando lo deseas.

Lo que sabe y lo que ha visto el pato. Conoce tu cuerpo mejor que nadie. Sabe lo que te hace llorar. Lo que te hace reír. Aquello con lo que sufres. Las personas que amas. Lo que te da miedo. El pato está enterado de todo. Te sorprende entonces que no deje sonreír. Que no importa cuántas lágrimas derrames enfrente suyo, él no cambia un milímetro. Y no le importa que estés desnuda o que te hayas tocado. Nada le interesa. Aunque tú lo procures, aunque lo cuides, aunque le hables con toda ternura. Es más, le darías de comer si fuese necesario. Si no lo haces es porque es de plástico, no por otra cosa, porque te mueres de ganas por darle algo que no sean tus dolores. Lo único que puedes ofrecerle son pequeños detalles. La caja limpia donde lo guardas, a la que le has echado un poco de tu perfume para que no vaya a sentirlo como un refugio cualquiera.

Claro. Ya no haces lo que antes. Ya no lo avientas ni lo apretujas ni lo muerdes. Lo tomas con  cariño y todavía le das besos e incluso lo dejas recorrer tu cuerpo, un favor que en el fondo sabes que es para ti. Al cabo que con el pato no pasa nada, ni pasará. Tus desahogos no le amargan la cara. No le sacas arrugas. No le preocupas. Ni te odia ni te guarda rencor. Ni siquiera le das lo mismo. Nada. El pato está ahí porque tú no puedes deshacerte de él.

El pato. Tu querido pato. Con lo mucho que le estimas, jamás se te cruzó por la mente el ponerle un nombre. Tu relación con él parte de ti misma, se trata casi en exclusivo de ti. Y te ríes hasta empezar a llorar cuando caes en cuenta de que sin importar lo que pase, sin importar lo que digas, el pato seguirá igual. Y que tú, por mucho que expulses, por mucho que dejes salir de tu corazón, te arrugas y empeoras sin pausa. Es ahí cuando en la sonrisa del pato notas algo diferente, aunque sea la misma que ha estado contigo desde que eras una niña.

Gina Lollobrigida

Publicado originalmente en Imagen Médica.
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