Preocupaciones por la noche

En la temporada decembrina la familia se une más que en cualquier otra época del año.  Hermanos, padres, tíos y sobrinos viajan kilómetros para estar juntos. Regalos aparte, ahí se encuentra lo mejor de la Navidad y del Año Nuevo, en el hecho de que sirven para reforzar las relaciones personales. Y por traer consigo vacaciones, no olvidemos.

La convivencia tiene algunas implicaciones. Tener que conversar sobre el clima con algún primo al que nunca habías visto, por ejemplo. O estar en una misma casa con otras treinta personas que no paran de hablar. Peor si solo hay tres baños a repartir. Las reuniones pueden terminar por convertirse en un caos en donde empiezan a  escasear los recursos y en donde surgen tribus que lo mismo pueden acabar con el café que monopolizar los servilleteros.

Viví eso por muchas veces, pero desde hace unos ocho años, la Navidad y la celebración de Año Nuevo la paso nada más con mis padres y mis hermanos, en cenas íntimas. No me quejo. Tiene sus ventajas. Hay más comida por cabeza y hay camas de sobra para todos. Nada de dormir en el sillón porque en el cuarto de invitados ya están recluidos seis tíos con sus respectivas esposas e hijos.

En todo caso la tranquilidad no siempre está garantizada. Puedes tener a cinco personas y será suficiente para vivir experiencias comprometedoras. Con cuatro basta incluso, o con tres. Igual con dos, aunque con un individuo se tiene para sufrir preocupaciones de diversas categorías.

Las calamidades son inminentes. Son desconsideradas con las tradiciones. Atacan sin tregua. Pueden aparecer sin inmutarse en plena Navidad, como si fuera un miércoles cualquiera. Hacen llorar a los renos, descomponen los fusibles, queman la cena. El colmo es que hasta  llegan a estropear la sagrada hora de la ducha.

Así lo he sufrido yo.

La otra noche estaba bajo el agua caliente, con los pensamientos dirigidos hacia bosques infinitos cuando un sonido interrumpió la armonía del momento. Por la lejanía tuve dificultades para identificar cuál podría ser origen de aquel ruido. Pensé en un vaso de vidrio o en un cuadro caído. Era igual. Nada importante. Debía seguir con lo mío, disfrutar del vapor. Relajar un rato el cuerpo. Olvidar las tensiones.

No pude porque a los pocos segundos escuché una voz en llanto al igual que una especie de gritos. Dios mío, pensé, alguien se ha recargado contra la ventana y se ha cortado una vena. Tal vez le ha caído un espejo encima a mi hermana como un castigo divino en contra de la vanidad. También pensé en mi hermano menor. ¿Sería posible que el candelabro sufriera una caída hasta chocar con su cráneo?

Enjuagué los restos de jabón que se posaban en mi piel. Lo hice rápido ante la situación de emergencia. Por el cabello ya había pasado el champú, ya que lo utilizo casi al inicio de cada sesión. Salí de la regadera, tomé la toalla, me envolví en ella y salí dispuesto a colaborar en lo que pudiera ante el accidente.

En el piso de abajo no vi a nadie. El nivel de alarma aumentó. Acaso ya salieron rumbo al hospital, me dije. Vaya agonía será la de esperar noticias a solas por aquí. He sido un mal hijo. No debí tomar un baño tan tarde. Pude evitar la tragedia. Merezco lo peor por abandonarlos.

En el segundo piso encontré a mi madre. Le pregunté sobre la desgracia.

—¿Qué pasó, están todos bien? —dije.
—A tu hermano se le cayó la nueva tableta —dijo mi madre.
—¿Y por eso todo el escándalo?
—Vístete, por favor.

Fui directo a mi alcoba con cierto alivio. Se les cayó la tableta, era eso. Nadie había sido trasladado a la sala de urgencias ni fue necesario utilizar un torniquete para detener una hemorragia. El máximo afectado era un simple aparatito. Todos estaban bien. Las paranoias destruyen por dentro.

Por la madrugada, antes de dormir, escucho otro ruido. Esta vez proviene de la habitación de mis padres, que está junto a la mía. Parecen que unas siete botellas de perfume han caído al suelo. A las tres de la mañana te sobresaltas si oyes algo semejante.

Imagino lo peor. Pienso que quizás mi padre ha sufrido un infarto y por intentar apoyarse en el tocador ha tirado todo aquello. Luego pienso que no. No puede ser, estás loco. Estoy consciente de que siempre pienso en la peor de las posibilidades. Un vicio muy arraigado del que me debo librar. Tienes que ser optimista, fue cualquier cosa: al mover un brazo entre sueños tiró una canasta con frascos del buró. Tranquilo, eso fue. E intento convencerme de ello, pero no puedo del todo. El optimismo es inútil esta ocasión (aunque casi siempre es preferible al pesimismo ya que al menos ofrece sosiego), a lo mejor mi padre necesita ayuda. De nada sirve hacer como que no pasa nada. Imposible descansar así.

Salgo de mi habitación y llego hasta la puerta de la suya. Está cerrada. Me quedo un minuto de pie frente a ella. La escena que podría encontrar es aterradora y me frena. En medio de la obscuridad pienso en lo que viene si paso a ver. Podría estar ante un  acontecimiento que cambie mi destino.

Al poner la mano sobre la manija de la puerta escucho unos ronquidos que traen la calma de vuelta.

casanova

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