Regalos navideños que se le podrían pedir a Dios

Dejemos descansar un rato a Santa Claus. Ya suficiente ha de tener con todos los regalos que debe repartir en diciembre. Una ocupación ardua que nadie más está dispuesto a realizar. A pesar de su avanzada edad, el viejo no puede jubilarse porque no tiene un relevo. Nadie se apunta a sacrificar las vacaciones para darle alegrías a los niños del mundo. Mucho menos si ello implica gastar cuantiosas sumas de dinero para ser empleadas en juguetes, materiales, y mano de obra. Y sí, por si no lo sabían recluta a duendes como ayudantes porque cobran menos que los gigantes. Sus cuotas son aún más bajas que las que pide el hombre promedio. Lo mismo con los renos. Lo ideal para Santa sería transportarse en helicóptero por el planeta. Para desgracia suya, es imposible hacerlo, ya que tan solo en combustible gastaría el equivalente a miles de muñecas, lo cual dejaría a una multitud de niñas con las manos vacías y con resentimiento hacia las figuras masculinas. Y ya tenemos suficientes, no conviene aumentar la cifra.

Además ya estamos grandes. Al menos yo sí. No tanto como para ser internado en un asilo de ancianos, sí lo suficiente para que me vea ridículo al pedir un triciclo en una cartita bajo el árbol. Con el paso del tiempo perdemos algunos privilegios. Se gana algunas veces, en otras se pierde. Si bien ya no se pueden utilizar los juegos del área infantil, la adultez ofrece inmunidad contra las infames papillas de chícharo con las que los bebés son torturados.

Lo que sí deja en ruinas es ser olvidados por Santa Claus. Un duro golpe que llega de pronto un año  cuando ya no hay nada envuelto para uno, salvo algún tamal que haya quedado relegado de la cena anterior. Aquel hombre gordo que vestía de color rojo pierde el brío, deja de sonreír para nosotros. Somos una generación para su olvido, los gestos de generosidad quedan reservados para los más jóvenes. Con 18 años se está acabado. A esa edad se ha de tener un sueldo que permita financiar las avalanchas y trampolines que uno desee, del Polo Norte no llegará un solo detalle más.

Ante tal panorama, cabe preguntarse a quién se ha de recurrir. A la familia, no, desde luego. A ellos les puedes pedir calcetines, pasteles de fruta y un libro de superación personal, pero no les puedes pedir nada divertido. Queda mal por cuestiones de imagen. Imagina cómo sería decirle a tu tío el leñador que te obsequie un hornito eléctrico con dibujos de princesas. Apenas lo hicieras él te lanzaría un manotazo para aplacar tus cursilerías.

No, con la familia no. Los padres han hecho lo suficiente por ti, no da para exigirles nada más. Con los amigos menos. De ellos se pueden esperar regalos modestos para mantener  en armonía la relación. No son los Reyes Magos. Nunca traerán objetos desde el lejano oriente, así que olvídate de lo último en tecnología japonesa. Ellos te darán lo primero que alcancen a tomar de una tienda.

¿Qué sigue, entonces? ¿Qué instancia hay que perseguir para tener un buen regalo esta navidad?

Lo he pensado, y la respuesta es tan clara que la compartiré en menos de un segundo:

Hay que recurrir a Dios.

En efecto. Dejémonos de pequeñeces. Hay que ir directo con el mandamás, con el supremo. Sin miedo, porque a pesar de las críticas de cierta parte de la población, Dios es un tipo gracioso. Lo dice Elvis Costello, hay que creerlo.

Claro, hay mucho leyenda negra en torno a él ya que a menudo la gente no obtiene lo que desea, por mucho que le recen. Podrá parecer una mala idea por tanto recurrir a él. Sin embargo, otros tantos claman que ha realizado milagros. No queda otra que hacer el intento.

Eso sí, dejemos los deseos de paz mundial para los certámenes de belleza. Pidamos cosas superficiales como las que le pedíamos a Santa, esas que tantos nos gustan. Piensen en las suyas, procedo a mencionar las mías.

***

Dios, he sido un humano decente. Ni bueno, ni malo. Decente. Han existido seres mucho mejores, otros mucho peores. Convengamos que estoy en media tabla, lo que ya es mucho decir. No he organizado ninguna masacre escolar, por lo que creo merecer una dotación importante de regalos.

Que tal si empezamos con unas pantuflas, unas pantuflas cómodas para andar en casa. Y una bata de seda para llevar encima de la pijama cuando tenga que bajar a la cocina. Eso estaría perfecto. El descanso es prioritario, con esos elementos tengo para un confort pleno dentro del hogar. Ya de paso también dame el colchón perfecto para que en cualquier posición que duerma, despierte siempre con el cuerpo rejuvenecido. Una almohada similar se agradecería también.

Puedes darme los obsequios que quieras, ten por seguro que los recibiré con gusto. Pero, si fuera posible, quisiera una tarjeta de regalo con valor de 10 millones de dólares para comprar por internet. La cifra es modesta. Haría reír a cualquier magnate petrolero. Lo valioso es que mi buen corazón se conforma con ello. Tómalo en cuenta. Eso sí, que la tarjeta tenga un sistema anti robo para que solo yo la pueda utilizar, aunque la pierda en cualquier esquina.

Que se descubran obras inéditas de todos mis escritores favoritos. Libros, muchos libros completos que fueron encontrados en rincones del armario de mis héroes personales, a quienes necesito leer con material adicional. Lo mismo con la música. A lo mejor si mueves tus influencias puedes pedirle a George Harrison que grabe un nuevo disco. Estaría perfecto. Con Elliott Smith igual, estoy convencido de que todavía tenía montones de melodías alojadas en la cabeza antes de partir.

Oh, Dios. Recurro a ti en medio de la angustia. Solo tú podrías auxiliar con peticiones tan especiales. Dame noticias positivas. Haz que mañana anuncien en los periódicos  que existen 20 episodios enlatados de los Soprano que verán a luz a partir de enero. Aventuras de los personajes ubicadas entre la cuarta y la quinta temporada. Sería fabuloso.

No creas que abuso de tu confianza. Al contrario. Deberías ver mis palabras como un tributo. Te pido esto porque sé que eres capaz de conseguirlo. Nadie más podría hacerlo. Ningún humano común y corriente. Ni siquiera el presidente de los Estados Unidos. Por eso a ti te pido, de corazón, que lo hagas. Eres el más fuerte, el amor absoluto. Las leyendas se inclinan a ti. Desde este pequeño lugar, te pido que traigas de vuelta todos los productos descontinuados que he adorado desde pequeño. Los dulces, la ropa, las bebidas, esas que deleitaron el paladar alguna vez para luego desaparecer entre la niebla. Si lo haces demostrarías tu enorme poder, tu capacidad para obrar milagros. Te lo suplico: eleva las olas del mar para que traigan consigo un cargamento de un millón de raspatitos sabor grosella.

Sobra decirlo. Sé que hay otras prioridades. La salud de los enfermos, la erradicación del hambre. Misiones que están ahí para cumplirse. Ojalá un día te animes a unirte a la causa con todo tu poder. Un golpe tuyo en la mesa bastará para poner orden en este mundo atroz que no da tregua. Por lo mientras he pedido lo que he pedido, de modo que nadie se escandalice. Son detalles bonitos que no levantarán ninguna sospecha si es que tu intención es mantener el bajo perfil con el cual haces que aprendamos a arreglárnoslas como podamos.

Tengo intenciones honestas. No quiero presionarte. Si quieres hacer oídos sordos a lo que he dicho lo entenderé. Cómo si tuvieras que demostrarle nada a nadie. Claro que no. Tu categoría está libre de dudas. Y acá en la Tierra sabemos que a veces ayudas, no creas que no.  Hay seres bellísimos sueltos que hacen pensar en tu intervención divina. Te agradecemos por ellos, los que impiden que el barco se vaya a pique.

 Incluso deja que le explique a los lectores de por qué a veces te ausentas cuando ellos te necesitan. Tengo mi teorías. Una tiene que ver con la idea de totalidad que tenemos del universo. Muchos piensan que el universo lo implica todo, que desde su nombre anuncia que cada minucia se encuentra dentro de él. Lo que pienso, en cambio, es que hay varios universos. Muchísimos. Trascienden incluso a la concepción que tenemos de totalidad. El espacio y el tiempo en el que nos hallamos fue una de tus primeras creaciones. Una obra fofa llena de planetas atrofiados que lo único que ofrecen es cierto colorido a la escena. En los otros universos, ya cuando afinaste tu dotes de artista, hay miles de planetas con vida, superiores a la Tierra. Con seres que le ganan en simpatía a los humanos y con paisajes que matarían de emoción al equipo de National Geographic.

Ellos son tu prioridad, lo entiendo. Son las plantas que mejores frutos te han dado. A quienes les das tu mayor atención. En cambio acá somos una gran oveja negra. Una completa decepción de la que sin embargo a veces te acuerdas. Algún día cada tanto, aunque no lo merezcamos. Perdona por todo.  Por eso a veces no nos escuchas, estás demasiado lejos en otros compromisos. Lamento si en medio de la desesperación te he culpado de lo negativo que ronda por las nubes. Eso lo hemos ganado por un incorrecto proceder ante la vida. Millones de piezas de rompecabezas que chocan unas contra otras sin lograr armar una sola flor. Eso somos.

Confío que en alguna de tus visitas alcances a ver este texto. Las letras parecerán pequeñitas desde arriba, será cuestión de que pongas a trabajar tu vista perfecta. O a lo mejor no necesitas leer. Las ideas llegan contigo junto con el soplo del viento. Deja te explico: lo rudimentario del cuerpo humano obliga a que recurramos a un método primitivo llamado lectura.

Oh, no sé qué digo, eso lo debes saber ya. Lo sabes todo. Incluso lo que podría teclear. Dejaré esto aquí. Ya sabrás lo que pienso. Estaremos en contacto si lo deseas.

Te estimo.

Brigitte-Bar

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