En medio del silencio

Temprano por la mañana recibo como regalo un par de entradas para el ballet. Primero pienso en ir solo, para así garantizar con el boleto restante no tener nadie sentado a un lado. De ese modo puedo recargar el brazo sin problemas. A veces, el dolor de espalda exige que incline el cuerpo un poco. Luego pienso en alguien que me había dicho quería ir. La invito. Hay que ser bondadosos. Ella puede serlo con la preparación de un pastel.

Cerca del teatro hay una tienda de abarrotes. Aprovecho para ir antes del inicio de la función. Faltan quince minutos para ello. Le digo a la acompañante que vuelvo rápido. Al negocio lo atienden un señor y una señora. Deben tener cerca de sesenta años. También se encuentra ahí un grupo de tres muchachas que parecen recién graduadas de la preparatoria. El lugar es estrecho. Una de las paredes está forrada con fotografías antiguas. El refrigerador está casi a la entrada. En menos de cinco pasos logro tomar una botella de agua y hacer fila para pagar. Las tres clientas, delante de mí, piden chocolates alojados en el mostrador. La rubia quiere uno que tiene almendras. Las otras dos de los que tienen galleta. Después le dicen al señor que quieren cigarros. Cada uno menciona una marca diferente. “Mentolados,” dice la última. También quieren vodka. Y tequila. Preguntan por precios, marcas y recomendaciones. Se deciden por un par de botellas. Justo cuando pienso que por fin se irán, le dicen al señor que quieren limones. El hombre les dice que no venden, pero que si le dan unos minutos, les traerá unos pocos de su despensa personal. El hombre se va. Ellas lanzan unas risitas y se ponen a platicar.

Le pregunto a la señora que si ella me puede cobrar. Me dice que no: “Tenemos que esperar a mi marido, no estoy autorizada para los pagos”.  Le digo que tengo prisa por lo del ballet.  Ella me dice que el ballet es precioso. “De pequeña quería ser bailarina. Es una pena que el futuro esté lleno de obstáculos”. Le digo que los boletos fueron un obsequio, que casi nunca voy al teatro. Estoy ahí por la música. Tchaikovsky: gran hombre, en comparación la mayor parte de la humanidad son hormigas.

Faltan cinco minutos para que comience la función. No obstante, la sed puede más que la paciencia. La mujer dice que viven en el piso de arriba. “Me da mucha pena por mi marido, pero así de viejito como usted lo ve, sigue con la debilidad por las jovencitas. ¿Limones? Apenas tenemos limones en la casa. Y todo para qué. Esos limones con los que podría preparar un postre terminarán utilizados por unas borrachas. Mírelas ahí, debería darles vergüenza reír y gritar así en nuestro local. Este es un lugar decente. Lo que me duele es que él jamás es así de atento conmigo”.

El señor baja con una pequeña bolsa de limones. Las jovencitas le pagan y se van. El señor se sienta en las escaleras para leer un periódico deportivo. Mientras tanto, la señora sigue diciéndome cosas.

“Mi esposo no quiso comprar boletos para el ballet. Dice que no tenemos dinero. Yo no le creo. Viera usted lo que pasa cada viernes. Siempre lo atrapo agarrando botellas de la vitrina. Con lo que se emborracha cada mes podríamos salir a divertirnos y recordar viejos tiempos. Él no parece interesado, es muy… triste. En cambio usted es muy afortunado. Disfrute la obra. Mire a todas esas bailarinas con atención. ¿No es increíble? Las veo en la tele y pienso lo gracioso de esto. Somos de la misma especie, según parece. Ellas y yo somos humanas. Nacimos para ser atendidas en hospitales, tener hijos y hablar. Respiramos con dos pulmones, tenemos maquillaje y somos capaces de leer. Ante la ley somos iguales. Pero, ¿sabe?, nos separan muchas cosas. Ellas miden un metro ochenta, tienen las piernas largas: son bellísimas… hacen rutinas que en nada se parecen a trapear el suelo de un negocio como este. ¿Cómo es posible que seamos de la misma especie? Ya verás las narices que tienen. Son perfectas, son perfectas. Compare su cuerpo con el mío y verá que no somos lo mismo. Antes me daba pena reconocerlo. Lloraba al pensar que alguien más se encontraba en el sitio con el que yo aspiraba. Ya lo he superado. No tiene nada del otro mundo. Algunos están arriba, otros abajo. Dios las bendiga. Gracias a ellas puedo imaginar que soy parte del grupo. Cuando vea usted bailar a esas chicas piense que yo soy una de ellas. Se lo suplico. No se le vaya a olvidar”.

Volteo a ver al señor. Noto que no ha cambiado de página y que apenas ha movido la cabeza. En cuanto su mujer calla, el baja el periódico. Nos mira. Su semblante ha cambiado en comparación a cuando estaban las muchachas. Entre eso y la prisa, decido que lo mejor es abandonar el lugar. Le pregunto al señor que cuánto le debo. Nueve pesos, me dice. Le pago con el cambio exacto. Antes de salir, le escucho decir: “Otra vez, María”.

Afuera mi acompañante espera.

“Has tardado demasiado,” dice. Le digo que aún tenemos un par de minutos y entramos.

El espectáculo es mejor de lo que esperaba. Disfruto, sobre todo, que nadie emita una mísera palabra. Todo se dice con música y movimientos. Por si fuera poco, la obscuridad que sume al asiento permite que afloren los recuerdos. Pienso en una obra de teatro de cuando iba en la secundaria. La maestra quería que yo actuara. “Necesitamos alguien raro para el papel principal,” me dijo. La obra era terrible. Un hombre adinerado hacía un casting para contratar a una nueva empleada doméstica. La candidata a llenar ese puesto se sorprendía al llegar a la casa porque el patrón no se movía de la silla. Era un hombre que, según el anuncio del periódico, vivía solo. Y así lo pensó la mujer, hasta que en un momento de la entrevista el hombre empieza a hablar de su esposa que vive en la planta de arriba. “Nadie debe molestarla,” decía el personaje. La candidata se asustaba y decidía abandonar la oportunidad.

Por aquello de la planta de arriba, me vino la memoria de la señora de la tienda de abarrotes. El favor que me pidió, sobre todo. Miré a una bailarina de entre todas. Elegí a una de cabello castaño. Imaginé que esos brazos delgados eran los de María. Ahí estaba conmigo. No con su esposo. Cerré los ojos para reafirmar la imagen. Esta vez era la señora gorda quien era cargada por el bailarín ruso con mallas rosas. Para lograr estar sobre el escenario, la señora no había necesitado entrenar durante años en una escuela de danza, lo único que necesitó fue que nos conociéramos. Interrumpo la escena por culpa del tipo que tengo sentado a la derecha. Las palabras que empieza a decirle a su pareja hacen que abra los ojos. Quizás él pensara que hablaba bajito, pero un murmullo es un grito en medio del silencio.

El resto de la función lo paso con los pensamientos fijos en ellos, en los vecinos de butaca. ¿Para qué abren la boca dentro de un teatro? Que se vayan a un café. O a un precipicio si están en vena.

Después de que el ballet termina (les he aplaudido en cerca de veinte ocasiones), mi acompañante pide que nos tomemos una foto en una estatua de la salida. Otra cosa que odio es posar frente a una cámara. Una vez tomadas a las fotos casi nadie las ve. Y cuando alguna relación se acaba, solo sirven para que vuelvas a ellas hasta convertirlas en un instrumento de tortura. Pero no digo nada. La foto quedará para siempre en un espacio del universo.

Ya es tarde. No muy lejos de ahí, la tienda de abarrotes tiene la luz encendida. Anuncio que voy por unos chicles y entro. Ahí está el señor, barre polvo que parece tierra. Le digo buenas noches. No responde. Tomo una bolsa de pan y la pongo en el mostrador. “Ya hemos cerrado,” dice el señor. “Lo siento, vi la luz encendida,” le digo. “Es normal, siempre sucede,” contesta. Volteo alrededor en busca de la señora. Nada. Lo único que noto es la música clásica que llega por las escaleras.

ballet2

Publicado originalmente en Imagen Médica.

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