Servicio social

Cuando las autoridades universitarias te mandan a un matadero de explotación

le llaman servicio social.

Sin importar la humillación, sirven tu cabeza a una serie de lobos de mar,

salvo alguna excepción digna de considerar.

No fue mi caso al tomar lugar en una editorial.

Según decían  se trataría de laborar para una revista.

Seis meses de  escribir, entrevistar, ir a eventos, conocer gente.

El cielo, al fin, se cruzaba en el camino.

Fui feliz el primer día, hasta que me hablaron de otros negocios.

“Tendrás que hacer unas encuestas sobre artefactos de iluminación”, dijo la editora de una prestigiosa revista de turismo. “Toma, llena estas cien”.

Y ahí voy, rumbo a un hotel.

Con una montaña de hojas de papel por rellenar.

En cuanto arribé, la recepcionista me preguntó que hacía en el lugar.

Jamás imaginó que era un huésped, porque no vestía como un huésped ni tenía el bronceado de un huésped.

“Vine a hacer unas encuestas”, dije.

“¿Quién le ha dado permiso?”, dijo.

“Laura…” le dije.

“Espere ahí, por favor”, dijo.

Abandoné la recepción para pasear por los jardines,

un espacio enorme desde el que vi habitaciones cerradas.

Y amé a la mujer de limpieza que pasaba

porque fue la única que no me lanzó una mirada de asco esa mañana.

Le deseé los buenos días y la entrevisté:

“¿Puede contestar una encuesta? Es sobre focos, ¿cuántos focos tiene?”

“Tres, tengo tres focos. uno en el baño, uno en la sala, y uno afuera en la puerta”.

“Muy bien, mujer, es usted muy amable”, le dije, y llené el resto del cuestionario

con datos inventados.

Esa mucama se convirtió así en una empresaria que visitaba la ciudad para cerrar un convenio comercial.

Luego, a lo lejos, en la piscina, estaba un anciano con un diminuto traje de baño.

No lo quise molestar.

Quién sabe si debajo de los lentes obscuros se escondían unos ojos verdes

o párpados que encerraban un sueño.

Solo miré por unos segundos hasta que empecé a temer que me descubriera

y pidiera que me echaran del hotel a patadas.

Tomé asiento sobre el suelo. Lo merecido para quien no he pagado nada.

Dejé que el sol quemara algunos rincones del cuerpo

hasta que surgiera ese momento con el cual pudiera recuperar el valor,

valor suficiente para acercarme a algún huésped y hacerle un cuestionario

sobre focos ahorradores de energía.

Y entonces por ahí pasó

una mujer rubia de 50 años (estoy seguro de la cifra)

dirigiéndose a su habitación.

Me acerqué y le dije

“Una encuesta, por favor”.

“Lo siento, no hablou españoul”

“I can talk in english”, le dije.

“Sorry, I come from Italy and i’m tired and i’m going to bed”.

“Don’t, worry, lady, you can go, please forgive me…”.

Creo que no entendió lo malo de mi inglés que es igual de malo que mi español.

Rellené por ella las 99 encuestas restantes e imaginé que cada una de ellas representaba a una persona distinta.

Un investigador, un futbolista, un arquitecto, un piloto aviador…

Pero ya no quise molestar a nadie más con preguntas,

porque esa mujer de Italia dejó en claro la humillación

de ir a ser el granito en el arroz de los vacacionistas.

Al otro día renuncié.

Jamás podría espantar a los turistas

ni trabajar en una revista dependiente

del foco fundido que soy.

hotel

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2 pensamientos en “Servicio social

    • Hay algunos lugares en donde el servicio social puede ser aleccionador y hasta una forma de encontrar trabajo. Es una lástima que no siempre sea así, de modo que, dentro de las posibilidades, hay que procurar moverse. Tampoco hay que resignarse.

      Que estés bien, Danielita.

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