Bondades de la timidez

Ser tímido está mal visto por la sociedad. Las revistas, los peatones, los programas de televisión dicen que el éxito pertenece a los intrépidos. A quienes les guste el riesgo, aquellos que sean extrovertidos. Si eres callado quedan pocas alternativas para ti. Lo que triunfa es el desenfado, los gritos: suplicar por la atención.

Hace falta seriedad en el ambiente. Hoy en día los referentes son los estrafalarios. Se ha perdido el gusto por lo clásico, lo elegante, lo discreto.  En la actualidad si quieres sobresalir, el camino efectivo es el de exponerse a lo grotesco. Salir disfrazado de brócoli a una entrega de premios, por decir una idea. O bailar entre gritos obscenos al invadir una librería.

Así nos va.

Habría que revalorizar a los tímidos. Con urgencia, a decir verdad. Se echa de menos su presencia. Se tratan de ejemplares ya escasos. El sistema se ha encargado de instalar la idea de que hay que vencer la timidez. Lo cierto es que el mundo funcionaría un poco mejor si se quitara el estigma que hay sobre ella. Por el contrario, se debería celebrar a los héroes que está refugiados en la modestia. Los que son apocados, introspectivos. Vivan todos ellos.

Son los que no molestan al prójimo. Los que están a lo suyo. Los que no salen de casa y que con ello contribuyen a no aumentar el tránsito vehicular.

Jamás escucharás un insulto venir de ellos. No se acercarán a ti para pedir que te calles ni para agobiarte con improperios. Los tímidos están en la mesa del fondo acompañados de un libro que les tapa la cara. Su nobleza les lleva al extremo de estar dispuestos a esconder sus mandíbulas.

Olvídate de tener que compartir tu comida. Si te rodeas de tímidos ninguno de ellos te pedirá un solo trozo de zanahoria. Tampoco demandarán un trago de tu botella. Es probable que incluso lleven consigo suficientes provisiones como para no tener que depender de los demás.

Esta especie no pide favores, pero los da. Van tan abatidos por las banquetas que se les hace imposible decir no. De cualquier forma no abuses. Los tímidos son una flor delicada que ha de recibir cuidados. Dales tu cariño. Lo necesitan más que nadie, aunque no lo digan. Prefieren morir por dentro que ser una carga.

Son, en resumen, diamantes. Habitantes llenos de pureza. Puedes tropezar enfrente de ellos, ten por seguro que no se burlarán, como haría el ser promedio. Quizás no ayuden a que te levantes (temen ser demasiado atrevidos si te toman de la mano), sin embargo tendrán el suficiente tacto para lanzar una mirada de compasión.

Sí, cada noche que pasa estoy más convencido de la importancia de los tímidos. Lo compruebo  a cada rato. Como hace unos días cuando fui a tomar un café a Starbucks.

Estoy acostumbrado al trato que dan ahí. Sé que los empleados procuran ser amables en los detalles. Sonríen, te llaman por tu nombre: hacen que te sientas en casa. No me quejo. Lo entiendo y me gusta. Siempre dentro de unos límites, desde luego. Y en esa visita vi algo que no me gustó. Les cuento.

Entré y me formé para pedir una bebida. Lo usual es que pida un espresso, un latte o un té. Esta vez opté por toffee nut latte para aprovechar la oportunidad de ordenar algo con un nombre tan ridículo.Necesitaba una bebida que durara un buen rato ya que llevaba conmigo un libro al que deseaba concluir luego de un largo tiempo.

Después de recibir el pedido, me senté en un rincón. Era la una de la tarde. En el área interior solo estaban ocupadas dos mesas. En una se encontraban un hombre y una mujer con varias carpetas llenas de papeles enfrente. Cada uno sostenía una llamada en el celular sobre algún tema de negocios.

En la otra mesa estaban tres chicas con uniformes de una secundaria o preparatoria privada. Sus vasos ya estaban vacíos. Eran de los transparentes, donde sirven las mezclas frappé.  Llevaban consigo  varios libros y unas cuadernos donde tomaban notas. Al parecer era una reunión para estudiar. Hay que respetar a la gente que se reúne para estudiar cuando bien podrían reunirse para otras actividades más divertidas. Ellas eran de otra clase. Alumnas aplicadas. Preocupadas por obtener calificaciones sobresalientes, si bien cada quince minutos podían hacer una pausa para hacer algún comentario sobre One Direction. Perfecto por ellas. Lo tienen merecido.

Hice la inspección en quince segundos. Tampoco es que observe lo que hacen los otros como si de un espectáculo se tratara. No. Casi de inmediato regresé a lo mío. Di un trago al vaso y retomé la lectura donde la había dejado la noche anterior.

Solo conseguí leer cuatro páginas. Hay cuestiones que lo estropean todo. Están sueltas en la atmósfera para atacar en el minuto menos esperado.

Un tipo de unos 25-28 años se acercó a la zona para barrer. Llevaba una escoba color amarillo. Tuve que interrumpir la lectura cuando se puso  a limpiar la base del sillón en donde tuve la ocurrencia de sentarme.

Aplaudo al corporativo por preparar a sus elementos de tal forma que mantengan impecables las instalaciones. Lo que no soporté fue lo que vino a enseguida .

El sujeto en cuestión siguió con la operación en otras dos mesas, hasta que de pronto dejó la escoba recargada en una pared. Ya con las manos libres, trotó hasta la mesa donde estaban las tres estudiantes.

—Oye, ¿tienes novio? Dime cuántos… ¿cuatro, cinco? —le dijo a una de ellas.
—No… ninguno.
—¿Y ustedes, tienen novio?

Ninguna respondió.

—¿Se fueron de pinta o qué onda? ¿Le gusta andar de fiesta, no?
—Es… estamos en finales. Ya no tenemos clases. Nada más tenemos que ir a los exámenes —dijo una de las que no había hablado.
—¿Y de aquí a dónde van? Están muy guapas como para andar solas. ¿Dónde están sus novios? Yo a las acompaño a donde quieran.
—No, gracias —dijo la primera.
—¿Cuántos años tienes?
—17.
—¿Y tú?
—16.
—Déjame adivinar. Tú tienes 15.
—No.
—¿Cuántos años tienes?
—17.

Las tres tenían la cara roja. Se miraban las unas a las otras. Una sacó el celular y lo empezó a revisar. Según interpreté las señales, se encontraban incómodas. Los de la otra mesa seguían pegados a los celulares. El empleado seductor no cesaba en el intento.

—¿Y qué les gusta hacer? ¿Se la han de pasar en el antro, verdad?
—No, no nos gusta.
—Huy, yo que las iba a invitar a un lugar que conozco. ¿Y al cine? Vamos a ver una película. Yo las invito.
—No, muchas gracias. Estamos ocupadas con los exámenes y cosas de la escuela —dijo la líder.
—Hay que divertirse.
—De verdad, estamos ocupadas… gracias.
—Qué aburridas son. Jaja. No se crean. ¿Oigan, y cuántos novios han tenido? ¿Ya son expertas en el amor o tengo que darles unas lecciones? Denme unos minutos y le llamo a unos amigos para estar parejos…

Las preguntas no cesaban. Lo que comenzó como un intercambio cualquiera, tornaba a una especie de hostigamiento. No es que yo me asuste. Sé que hay mujeres a las que les gusta ser abordadas así. A las que les emocionan los hombres atrevidos y que rebosen en confianza en sí mismos. Pero no era el caso. Ellas eran unas pobres chicas que respondían  otras preguntas con monosílabos. Es probable que jamás en el pasado hubieran tenido una experiencia similar. La tenían por primera vez, no en un centro nocturno: en la supuesta tranquilidad de un café. No con Harry Styles de protagonista, sino con un desconocido con una cara sin gracia alguna.

 Y por falta de tablas y por educación no sabían cómo detenerlo. Y yo ya no me podía concentrar en el libro. Y di un sorbo a la bebida. Era agradable. Me acordé de los tímidos. Pensé que los establecimientos deberían contratar a personal cohibido que por ningún motivo traspasara la barrera de la cordialidad. Igual los clientes, todos deberían guardar ciertas reservas.

Se agradecen los buenos deseos, las preguntas intrascendentes y cualquier gesto de cortesía. Lo que no funciona es el acoso, arruinar la tranquilidad. Interrumpir las actividades ajenas.

Las tres amiguitas habían ido a estudiar. Tal vez sus madres estuvieran en casa al pendientes del teléfono, a la espera de que ellas se reportaran para que las fueran a recoger. Relajadas, a sabiendas de que sus mayores tesoros estaban en un sitio seguro, sin lobos desesperados por tirar un mordisco.

La escena me pesó. ¿Dónde estaba el gerente? Yo soy de los tímidos, así que el tipo ese me cayó aún peor. Los extrovertidos y los introvertidos le van a equipos de futbol opuestos. Son aficiones que se llevan mal. Que apenas se aguantan. Son incompatibles.

Y a pesar de que no me gusta hablar con extraños y de que no soy policía y de que no me gusta ser entrometido, me puse de pie y fui a donde estaban la chicas.

Dije una sola línea dirigida hombre:

—Son una niñas.

Los cuatro me miraron. Vinieron unos segundos de silencio. Asentí con la cabeza y me alejé rumbo al baño sin añadir nada más.

Cuando regresé, las tres chicas se habían ido. El empleado barría.

sandy sh

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