81 años*

Es el cumpleaños de mi abuelo materno.

Lo recuerdo porque es un día antes que el de mi hermana.

Luego meses sin verlo, decido llamarle por teléfono.

Nadie contesta. Espero ocho tonos y cuelgo.

Vivimos en la misma ciudad, por lo que puedo ir a su casa.

Según supe, cumple 81 años, una buena edad.

Quisiera llegar a los 81 años y poder caminar

y beber como él.

En cambio me siento abajo con apenas 24 años.

Y no siempre fue así, llegué a ser un niño con promesas

que, ahora sé, jamás se van a cumplir.

Al abuelo siempre le he dicho abuelo.

No abuelito, no por su nombre, abuelo.

Aún recuerdo cuando supe que fue caricaturista

una mañana en la que dos de mis primos dibujaban un batman.

Yo hacía lo mismo, solo que el mío no se parecía en nada

y se acercó una tía que dijo “heredaron el talento para dibujar de su abuelo”

porque no había visto mi dibujo, pero en cuanto lo hizo, calló y abandonó la habitación.

Yo no sé dibujar ni pintar ni escribir chistes para nadie.

Sé cómo respirar, sé cómo mirar por la ventana mientras llueve,

sé estar callado cuando quiero hablar.

Lo que no sé es dibujar.

81 años. cuánto se puede hacer en ese tiempo.

Será que llegar a viejo es tener todas esas oportunidades

para arrojarse , tomar las noches y vivir los truenos.

Recuerdo entonces las oportunidades perdidas.

Miles de ellas, miles. Suficientes para  seguir con la misma edad mental.

El cuerpo, por su parte, lo resiente, lo hayas aprovechado o no.

Si llegara a los 90 años sin sueños cumplidos

Sería un anciano que no justificaría las reumas ni las canas.

El abuelo, lo sé, tuvo experiencias buenas y malas

a pesar de las cuales no se volvió loco.

Hace falta fuerza para durar tanto sin colgarse

aunque a veces parezca que te acostumbras a la vida.

Quería darle felicitaciones sinceras al abuelo

así que toqué la puerta del departamento

y al principio nadie abrió

así que toqué, toqué,  toqué

y cuando pensé que no estaban y que por eso no habían contestado el

teléfono,

escuché un ruido adentro:

ahí voy, ahí voy

era la abuela:

tu abuelo se fue  a ver el futbol

un amigo le consiguió boletos para el juego.

Le dije a ella que le diera mis saludos al abuelo

porque tenía que irme.

Antes de  regresar sobre los mismos pasos de siempre,

miré una última vez a la abuela

con su cabello dorado,

sonrisa de malva

y el maquillaje cuidado

de toda una jovencita.

El abuelo es muy afortunado.

También lo felicito por ello.

***

SANDRA HOWARD

*Escrito en febrero de 2013.
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