Lo que pido para un buen día

Digamos que no soy demasiado exigente. Para tener un buen día pido poco. Sin embargo, al mismo tiempo, es difícil que las circunstancias se alineen para que se presente..

Contaré, por tanto, aquello que considero un día bueno. No excelente ni espectacular. Simplemente bueno. Lo suficiente para que pertenezca a la categoría generalizada de lo cotidiano.

Lo primero es que despierte hasta tarde. Al menos hasta las once y media de la mañana, luego de haber dormido ocho horas corridas. Esto es de lo que más he añorado durante años sin obtenerlo. Por alguna razón, tengo problemas de sueño. Me cuesta dormir (puedo pasar una hora con los ojos cerrados sin que lo consiga) y durante la madrugada es común que despierte varias veces sin remedio. De modo tal que amanecer descansado sería empezar con pie derecho la travesía. Cuando pienso en lo ideal, digo, porque además de mis problemas de sueño, hay que añadir los factores externos que tienden arruinar una buena siesta. Ya sean los ladridos del perro, la alarma de las 6:30 am que se olvidó desactivar o una llamada telefónica. El fin de semana pasado lo padecí. Luego de varios días agitados, pensé que por fin podría descansar como los koalas mandan. Y no iba mal. Me acosté como a las cuatro de la mañana. Era tarde, sí, pero al otro día no tenía compromisos. Con despertar a eso de las 11 sería suficiente para estar recargado y superar todo el cansancio acumulado. Sin embargo, como suele pasar, un agente de la ruina acudió a la misión.

A las nueve de la mañana suena el teléfono. Todavía a medio dormir, lo escucho provenir del buró. Lo dejo sonar con la esperanza de que al tercer tono deje de hacer ruido. Cuando da el quinto, sé que todo está perdido. Tengo que contestar. Es una responsabilidad. Odio hablar por teléfono y responder llamadas. No obstante, siempre termino por hacerlo. Quizás un familiar necesite ayuda, pienso. Podría ser una emergencia. Sí, seguro eso es. ¿Quién podría llamar a esta hora si no fuera por eso? Son las nueve, por dios, es casi de madrugada. Contesto.

—Sí, ¿bueno?
—Buenos días, ¿se encuentra el señor Carlos? —dice una voz femenina.
—¿De parte de quién?
—¿Es usted propietario de esta línea telefónica? ¿Habita usted en el domicilio?
—¿Quién habla, disculpe?
—De una aseguradora.
—Lo siento, no estamos interesados.
—¿Es usted el señor Carlos?
—Sí, sí soy. Pero no estoy interesado.
—¿Podría decirme la razón por la que no estás interesado?
—Por ninguna razón en particular. No quiero, nada más. Han llamado antes con lo mismo.
—Tenga cuidado, señor Carlos. Un seguro de vida es necesario. Ya ve cómo está la situación en el país. Con esto de los narcos andan sueltas muchas balas perdidas por ahí .
—Señorita, ya estoy asegurado.
—¿Podría decirme de qué compañía?
—Lo siento, tengo que colgar, está interrumpiendo una junta importante.
—Señor, antes de que cuelgue déjeme explicarle.
—Adiós.

Acto seguido, dejo el teléfono por ahí. Regreso a la junta con la almohada. Ya no consigo volver a dormir.

***

Repito: ya no pido mucho. He dejado atrás las ambiciones. Lo que pido son días tranquilos. Casi no ver  a nadie ni ser increpado por operadoras. Sobra decir que resulta difícil.

Por lo que viene, luego de despertar, para un buen día, pediría un desayuno ligero con alguna frutas, jugo, café y un waffle. Todo preparado por alguien más, porque yo, encima de odiar cocinar, lo hago fatal. No me gusta porque encuentro que es una tarea que se consume con rapidez. Puedes llevarte horas encerrado en la cocina, preparando combinaciones con los mejores ingredientes, quemarte, hacer el sacrificio. No importa, al final la obra será tragada sin miramientos  por los glotones de la casa. Les bastará con 10 minutos, con todo y postre. Así lo padecen las amas de casa, sin el suficiente reconocimiento. Se machacan en la estufa para que toda la mañana invertida sirva para apenas media hora en la mesa. Los jóvenes de hoy comen rápido. No hay tiempo para desperdiciar en la sobremesa. Se come y ya. Nada de preguntarle a los demás cómo les ha ido. En caso se de ser chef, sufriría angustia al saber que mi trabajo de horas se va así como así, para nunca volver. En contraposición los arquitectos al menos tiene la satisfacción de que todo el esfuerzo redituará en una obra que perdurará por años.

En un buen día también tomaría un baño largo. De quince minutos, mínimo. Un gusto para darse de vez en cuando, con el perdón de Conagua. Yo ahorro bastante el vital líquido, así que no me siento mal si una vez al mes o una vez cada quince días, toca una ducha prolongada. De esas que dan para meter las bocinas del iPod al baño para poner un disco. Las primeras cuatro canciones de Rubber Soul dan para pasar plácidamente el rato bajo la regadera. Con “You Won’t See Me” uno hasta puede animarse a cantar. Yo es la única forma en que me animo a hacerlo. Lo más cerca que he estado del karaoke. Y ya han de saber, es el sitio ideal para que la voz suene mejor. Sentir incluso, por unos instantes, que se está a la altura del músico al que se replica. Que el hecho de que no seamos famosos no es más que un síntoma de lo mal que está el criterio de la humanidad.

Yo no puedo salir de casa si no estoy limpio. Sé que  muchos no les importar salir sin bañarse, que se permiten hacerlo por la noche y ya está. Yo no, tengo que darme una ducha por la mañana o no hago nada. Estoy dispuesto incluso a hacerlo con agua fría, porque de otra forma no estaría cómodo durante la jornada. Por suerte vivo en un lugar donde todo me queda relativamente cerca, así que no tengo demasiados problemas de tiempo. Puedo darme ese pequeño lujo de aseo.

Luego saldría a caminar sin una ruta definida. Bastaría que fuera por las calles bonitas de la ciudad en un día nublado. Sin que el sol quemara. Tampoco lluvia, no mucha al menos. Que los zapatos puedan mantenerse secos. Que llueva luego, cuando esté dentro de casa y pueda tomar un latte mientras el sonido de las gotas llega por la ventana.

También me gustaría ver alguna película vieja en el cine (una que no haya visto antes), en una sala donde estuvieron, a lo mucho, otras cuatro personas. En la fila de medio sin que nadie comiera nachos ni hot-dogs a mi lado. Después de la función, salir a un parque que tuviera bancas donde sentarse para reflexionar sobre la cinta que acabo de ver, pensar sobre los personajes, lo que me hizo sentir.

Al poco rato, dejar la cursilería que hago para recordar un evento importante: juega el Liverpool. Preferiblemente un clásico o un partido que defina su vuelta a la Liga de Campeones. El partido termina 3-1 a favor de los rojos luego de sobreponerse a un gol inicial. Todo visto desde un pub.  De los de verdad, no los tugurios impostores a los que les gusta proclamarse como tales, cuando claramente son centros nocturnos de mala muerte.

Feliz por el resultado, noto que ha llegado la noche. Afuera ha obscurecido. Recuerdo que no he comido. El waffle de la mañana no ha bastado para evitar la llegada del hambre. Toca comer/cenar. Elijo un restaurante italiano. Me gusta comer solo, que nadie me vea introducir alimentos a la boca. Lo guardo en secreto. Así puedo dar la impresión de no ser un ser vivo cualquiera que necesita cubrir las necesidades fisiológicas. Los niños de la colonia platicarán sobre mí luego de jugar baloncesto: ¿Han visto al vecino de 176? Dicen que no come. No lo necesita. Vive a base de agua. Dice mi mamá que se nutre con el reflejo de la luna.

Con el estómago a reventar, decido que es hora de volver a casa, el lugar donde está la cama. Un sitio sagrado. Decido regresar a pie para escuchar música en el camino. Con los audífonos puestos toca el turno de New Skin For The Old Ceremony, el tercer lugar entre los mejores álbumes de Leonard Cohen. Para “Who By Fire”, ya he llegado a mi domicilio. Entro, abro el refrigerador. Saco una manzana. La como a trozos mientras pongo agua a calentar en una olla. Es la hora —no fija— del té. Acompañado de la taza, subo a la habitación. Sentado en el escritorio, navego por internet: leo las noticias, escribo cualquier tontería, leo correos electrónicos. Contesto alguno que lo requiera. He socializado poco durante la jornada, pero no me quejo, para eso estarán otros días. Lo de que se necesitaba ahora  era tiempo para uno mismo. Sin hablar apenas. Remedio cierto vacío interno con un libro. Saco el que tenga pendiente o releo algún relato favorito. Voy con él a la cama. Leo hasta quedar dormido. Hasta que confunda las líneas con lo que ya es un sueño.

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2 pensamientos en “Lo que pido para un buen día

    • Así son los vendedores telefónicos, no te agobies. Los pobres deben estar sometidos a mucha presión, así que tiran recursos desesperados que, desafortunadamente, terminan por ser groseros y de mal gusto. Uno lo cuenta y parece broma, pero es real. Saludos.

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