You Can’t Put Your Arms Around a Memory

Los recuerdos pueden ser muy bonitos. Remiten a tiempos que de algún modo marcaron tu personalidad. Aun con el pasar de los años, es posible recordar el olor a tierra mojada de esa vez que regresaste caminando a casa, bajo una tormenta que no molestaba porque venías de vivir algo increíble. Quedar empapado era lo de menos. Cada gota sobre ti se sumaba a la celebración. También te puedes acordar del dulce aroma del cabello de una persona que has intentado volver a encontrar desde entonces sin llegarlo a conseguir. O del sabor de un platillo preparado por alguien que ya no está. Las memorias están ahí para recurrir a ellas. Para de cierto modo quedarse con la satisfacción de que alguna vez hubo cosas que te hicieron feliz.

Pero hay un detalle. No puedes poner tus brazos alrededor de un recuerdo. Por mucho que sean nítidos y claros, no hay modo alguno de abrazarlos. Distan de ser como lo original. Y nada, entonces entiendes que entre esas vivencias y tú, ahora hay una barrera de tiempo. Una tortura. Qué se le va a hacer. Es complicado huir de los pensamientos. Johnny Thunders lo sabía. Son un peso que hay que cargar, con la idea de que son experiencias que no se podrán repetir. No de la misma forma, al menos.

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