Mis problemas con la Feria del Libro

El fin de semana pasado asistí a la FIL del Zócalo, una experiencia que sirvió para recordar por qué odio las ferias del libro.

Todo bien con los esfuerzos por promover la cultura, con los esfuerzos de las pequeñas editoriales para darse a conocer. Tampoco tengo nada en contra de los libros, más allá de que para su creación se tengan que sacrificar algunos árboles. Al final vale la pena. Si hay que elegir entre Lolita de Nabokov y un eucalipto, me quedo con la novela, aunque en ello influya el hecho de no ser un koala.

Y aquí vengo a mencionar mi principal problema con las ferias del libro: la gente que va. Las personas en sí pueden ser agradables. Si bien no todas, conozco algunas con las que es posible convivir  e incluso platicar y decirles que tienen unos calcetines bonitos. Lo que sí, ya noté, es que no tolero las multitudes. Ya cuando hablamos de más de cien sujetos en un espacio determinado, empiezo a ponerme de malas. El Zócalo es grande, claro está, pero la asistencia también lo era, de modo tal que era complicado caminar sin rozar el hombro de extraños y percibir el aroma propio de una semana sin probar el jabón.

Supongo que esto es normal. Pasa en todas las partes del mundo. Tampoco me voy a poner exquisito. Seguramente mi presencia igual fue ingrata para algunos asistentes que hubieran preferido que en mi lugar estuviera algún futbolista. Pero qué le vamos a hacer. En el fondo lo que quisiera que las Ferias Internacionales del Libro se llevaran a cabo en el jardín de mi casa. Sé que no es el lugar con mayor proyección. Los servicios serían limitados (solo hay una cafetera, una cocina, y tres baños, uno de ellos a media capacidad) pero a cambio me comprometo a comprar al menos cinco libros que confío sirvan para amortiguar los gastos de operación,  logística, y conceptos por pago a personal y escritores invitados. Mi comodidad debería ser prioridad a la hora de organizar esta clase de eventos.

Que no se me tache de egoísta. Es verdad que los libros se deben acercar a las masas y que si las próximas ediciones de la feria se desarrollan en el jardín de mi casa, serán pocas las personas que puedan entrar. Pero déjenme decirles algo. A las ferias del libro va, sobre todo, gente que no lee. Gente a la que, encima, les gusta hacerse pasar por lectores. Y van, cafecito en mano, por cada puesto, preguntando por precios de libros que ni les interesan con tal de parecer cultos. Algunos con tal de darle realismo a su actuación, compran libros que ni van a leer. O están los decoradores de interiores, que compran volúmenes con portadas bonitas para que puedan lucir en las salas de sus hogares y que los invitados digan: “Oh, Gustavo es un ávido lector”, aunque el susodicho apenas haya ojeado el índice.

Luego en la FIL me tocó ver a una fauna que provoca especial irritación: los que van a comprar best sellers. Que sí, están en su derecho de leer lo que quieran, así sea un ladrillo raspado. Es su dinero, después de todo. Lo que no entiendo es que den la vuelta hasta el centro para pedir libros que podrían hallar en cualquier librería de la esquina o hasta en un Sanborns.

Durante el tiempo que caminé entre las carpas, tuve que escuchar que se pedían como pan caliente títulos como

Cincuenta sombras de Grey
El alquimista
Pequeño cerdo capitalista
Inferno
Aura

que bien podrían buscar en un supermercado para así librarnos de su estorbosa presencia. Lo mismo con los que van para comprar MurakamisPalahniuks o Rayuelas. Repito: pueden encontrar esos títulos, más baratos, en otros lados .

Y aquí es donde va la siguiente queja: los precios. Yo lo que pido a una Feria del Libro, ante todo, son rebajas monstruosas. Al diablo con todo los demás. Las pláticas con escritores me dan lo mismo a menos de que sean de primera línea, cosa difícil porque ya quedan poquitos autores valiosos que, además de estar vivos, cumplan con el requisito de venir a México.

Quiten los talleres, las actividades, las firmas de autógrafos. A mí denme libros de pasta dura a cincuenta centavos. Ediciones conmemorativas de a tres por veinte. Los descuentos de 10% no sirven y hasta son un insulto.

Algunas editoriales sí que tenían ofertas interesantes. Sin embargo muchas otras no. Sexto Piso, por ejemplo, daba incluso más caro en su módulo en comparación a como puedes encontrar su catálogo en una librería cualquiera.

Lo que sí me sorprendió es cómo se la arreglaban los pobres expositores para evitar que les roben la mercancía. Entre los mares de gente, era francamente sencillo embolsarse algún poemario sin que nadie se diera cuenta. Eran miles de individuos (con el peligro añadido de que varios tenían cara de ser real visceralistas) contra dos o tres personas por puesto a las que obvio mucho se les podría pasar de largo. Yo porque soy torpe y no me va eso del hurto, pero de haber querido no habría tenido mucho problema para salir de ahí con mercancía que aspiraba a ser intercambiada por dinero.

Total, que nada más estuve por ahí alrededor de dos horas. Eran demasiados locales para visitarlos todos. Decenas, quizás cientos de ellos. No daba tanto para explorar, sino para hacer una selección basada a partir de editoriales. Es probable que me perdiera de ciertos detalles valiosos. Es el riesgo que se tiene cuando hay tantas opciones.

Lo que sí agradezco es haber podido visitar el stand de una revista que hace tiempo publicó un cuento mío. Los saludé y me regalaron varios ejemplares para repartir entre mis conocidos. Les compré otros números para devolverles el favor y salí de ahí satisfecho. También compré libros que ya tenía. No lo pude evitar. Es una costumbre que tengo, si de repente veo abandonada a una de mis obras preferidas, me da por comprarlas para darles cobijo en mi librero o regalarlas a quienes crea que pueden apreciarlas.

Dicho lo anterior, sin importar cuánto me queje, siempre acabo por asistir a cuanta Feria del Libro se cruce en el camino. Este año he ido a cuatro. Mis favoritas son las que no tienen tanta asistencia. En una de ellas encontré una joya. Una antología con lo mejor del humorismo mundial, una edición viejita en pasta dura presentada por Wenceslao Fernández Flórez. Son dos tomos, en los que se incluyen escritores italianos, rumanos, húngaros y de otros lugares que ya ni existen. Un tesoro con relatos, aforismos y crónicas inconseguibles de cualquier otra forma.

Es más, este año me gustaría ir a la FIL de Guadalajara  donde sí estarán varios personajes con los que sí me gustaría compartir oxígeno: Vargas Llosa, KeretYves Bonnefoy, Alessandro Baricco,  y la querida Guadalupe Nettel. Exageraciones aparte, los eventos literarios dan esperanza para pasar un lindo rato.

Ya les contaré si voy. Advierto que la amargura no cesa.

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