Anillo de graduación

No me gusta usar accesorios corporales. Nada de pulseras, aretes, collares. Llevo años sin usar un reloj de pulsera, aunque quizás eso cambie pronto. Y están los anillos, que no son lo mío. Si un día me caso propondré que las argollas sean sustituidas por una vasija.

De modo que hace unos meses, cuando terminé mis estudios universitarios, me negué a pedir un anillo de graduación con el paquete de foto generacional.

—Son de plata. Trecientos pesos de diferencia nada más, anímate —dijo la que ofrecía el producto.
—No, muchas gracias. No estoy interesado —le dije.

Luego, en encuentros familiares, llegaban las preguntas.

—Qué padre está la foto con la toga—decía alguna tía.
—Salí fatal.
—No digas eso.
—Es la verdad. La guardaré en el armario para que nadie la vea.
—Qué exagerado.
—Debieron haber empleado una mayor carga de photoshop, no me habría interpuesto.
—Oye, ¿y el anillo? Déjame verlo.
—No pedí anillo.
—¡Cómo que no pediste anillo!
—No es lo mío. Jamás lo usaría.
—¡Pero es un recuerdo de tu juventud! ¡Todos tus tíos tenemos uno! ¡Tener el anillo es una tradición!

Tiempo después, descubro que estoy en una joyería con mi padre. Pasa a menudo, das un pestañeo y ya no estás en tu habitación, sino en otro lugar.

—De verdad, no hace falta, no te preocupes —le digo a mi padre.
—Cómo que no.
—De verdad. Para qué quiero un anillo. No lo voy a usar.
—Es un recuerdo de tu carrera. Lo tienes que tener.
—¿Y yo para qué quiero recordar ese calvario? No, de verdad, mejor cómprame unos lentes de sol.

Acto seguido, mi padre pregunta a la señorita por los anillos de graduación. Muestran varios modelos.

—A ver, fíjate cuál te gusta y te lo pruebas..
—No, por favor, mejor después.
—Que te lo pruebes.

Miro la caja. Son alrededor de 20 modelos. Algunos traen piedras, algunos son chicos, algunos grandes, otros medianos. Presionado ante la situación, y para que la empleada no piense que desprecio la mercancía gracias a la cual se gana la vida, pruebo algunas de las opciones.

—Lo siento, ninguno me queda —le digo a mi padre.
—Son de muestra. Es para que elijas la forma. Luego al que te guste le ponen el logo de tu escuela, la universidad y lo ajustan a tu tamaño.

Maldición. Las vías de escape se esfumaban.

Elijo uno de apariencia discreta. Nada suntuoso. El plan es decir que ese está más o menos, pero que ninguno me convence del todo. Luego bastará con poner cara de “mejor hay que esperar a ver más opciones” para ganar tiempo y quedar como alguien que tiene consideración por las finanzas familiares.

—Ese le gustó. ¿Qué precio tiene? —le dice mi padre a la señorita.

La cifra es alarmante

—Está muy caro. No hace falta, después vemos mejor —digo.
—No, de una vez. Es un recuerdo de tu carrera.
—Puedo pedir todavía el del paquete de la foto. Con uno de plata está bien, el de oro ni lo voy a usar.
—Que no, entiende.

Ahí me rendí. Comprendí que el anillo de graduación era un regalo que le hacía ilusión a mi padre, y que debía atesorarlo como tal; quitar la cara de amargo y recibirlo con una sonrisa de gratitud. Era una cuestión generacional. Si para mí un objeto así no tenía mayor significado, para él y sus hermanos era un asunto capital.

—Está bien, papá. Muchas gracias.

Pagó con la tarjeta. Los de la tienda pidieron mis datos, tomaron la medida y tuve que enviarles el logo de la escuela por correo electrónico. Al mes pude pasar a recoger el anillo.

Durante varias semanas lo tuve arrumbado en un cajón. Era un lindo detalle, pero no hacía falta que lo usara para ir a comprar las verduras. ¿Y si un maleante se lo roba mientras estoy distraído? Mejor ni sacarlo.  Ese es el problema cuando tienes algo que costó mucho dinero: que siempre cargas con el miedo a perderlo. De tal forma que casi nunca lo disfrutas. Se vuelve una carga. Además estaba la otra parte, que a mí los anillos no me gustaban, así de sencillo. Era una cuestión estética.

Ah, pero bastó que viera algunas películas para que mi perspectiva cambiara. Aquel hombre distinguido lleva un anillo y se le ve fantástico, pensaba. Quizás deba darle una oportunidad al que tengo.

Y me lo puse. Y no estuvo tan mal. Soy Tony Soprano, decía ante el único espejo que podría tolerar semejante ridiculez.

Empecé a usarlo de a diario. A caminar con él por los parques.

Acariciar a los perros ya no era igual: ahora uno de los dedos contaba con una parte metálica que esperaba no afectara demasiado en la experiencia del animal.

Doy otro pestañeo. Esta vez aparezco en el asiento de un autobús. Un minuto antes estaba dormido. Noto algo raro en el ambiente. Miro por la ventana. El atardecer. Llevo ya unas dos horas de camino. Luego miro a mi mano derecha.

No traigo el anillo.

Reviso las bolsas del pantalón. A veces lo guardo ahí para lavarme las manos. No está ahí. Toca buscar en las bolsas del saco. Tampoco.

Ya con una ligera sensación de agobio echo un vistazo la bolsa frontal de la camisa, me fijo en el asiento. Incluso en el piso del autobús, aunque esté en movimiento.

En ningún lado está. No sé dónde lo dejé.

El anillo estaba perdido. Y entonces lo comprendí todo. Ese anillo que para mí no significaba nada, el anillo que no quería, de pronto simbolizaba todo para mí. Sentí que le había fallado a mi familia al extraviarlo. Lo mío era una vergüenza. No merecía compartir el mismo planeta que el resto de los humanos.

Llamo por teléfono a la casa de unos familiares.

—¿De casualidad no dejé el anillo con ustedes?

Alarmados prometieron buscar. Todos lo hicieron, aquellos con los que había convivido en las horas previas a la pérdida. Nada sirvió. Pasó una semana hasta que vine a escribir esto. Lo curioso es que el sentimiento de culpa no se va. Aunque ahorrara para comprar uno igual, o aunque me hicieran el regalo de vuelta, ya no sería lo mismo. Ese anillo, el primero que me dieron, el que me pertenecía, el que hacía ilusión a mi familia, está lejos en estos momentos. Y me pone mal saber que alguien más lo pudiera tener.

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4 pensamientos en “Anillo de graduación

  1. Yo uso anillos desde niño casi diario. El que uso ahora me lo pongo todos los días, pero los anillos de graduación se me hacen horribles.

    Atte: Juan Ramón.

  2. compartimos el mismo pesar yo no compre el paquete donde venia el anillo se me hacia una exageración si apenas uso joyas , sin duda muy buena entrada es agradable volverlo a leer solo

    un saludo mister

    atte bilo (mariovg007)

  3. Juan Ramón: ya estarás acostumbrado a su uso, aun así quisiera recomendarte que lo cuides bien.

    Bilo: le agradezco las palabras. Qué bueno que ya se gradúo. Ahora a continuar con lo que siga,

    Por cierto, el de Juan Ramón es el primer comentario en la historia de este blog.

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